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HORA La trova de gallos

"Aamanece", de Raúl Cisterna

"Se refriega las manos en el fuego y sigue cavilando en sus cosas, en el misterio de que algo que no existe, como el amor…"

La madrugada tiene esas cosas. Uno piensa en su vida, en lo que le espera del otro lado, en lo que va dejando mientras el tiempo pasa y en los horizontes que todavía lo aguardan. En esos momentos recuerda otras lejanas amanecidas, las manos calentándose en el rescoldo del fuego que quedó de ayer, la pava crepitando en su primer hervor y los gallos de la casa, antes de apearse, respondiendo la lejana trova de otros gallos del vecindario. Afuera el mundo se ha suspendido entre la helada que sube y el rocío que, cuando se haga escarcha, al quemar las plantas teñirá de castaño el cerco, matiz que lo acompañará hasta que el verde enero lo venga a rescatar con las primeras lluvias.
Al pago lo aguaita, detrás de un lapso inasible, los crueles septiembre y octubre, meses de polvo y espanto, la represa seca, el pozo a balde, la hacienda mugiente llegando del fondo del desierto y los chicos mirándolo, preguntándole por qué tanto aguantar, por qué no mandarse a mudar a la ciudad para vivir sin tanta espera. El más grande le ha consultado por qué cuando viene la lluvia todavía hay que esperar que sea mansita, que no traiga viento, que no se enfurezca y los apedree, que sea suficiente pero no mucha.
Le ha dado una respuesta que entenderá dentro de unos años: que la naturaleza, porque es vida, nunca quiso ser cuadrada ni redonda, adoptó las mil formas caprichosas de las plantas, los dibujos que forman las estrellas, la sinuosa rastrillada que hace la majada en su camino al monte.
Arriba el Lucero mantiene el paisaje en su lugar. Se refriega las manos en el fuego y sigue cavilando en sus cosas, en el misterio de que algo que no existe, como el amor, ha venido sosteniendo la familia y que quizás también tenga un destino sumido en la nada, allá afuera, en el mundo que queda en la otra punta del camino.
Mide la vida en mañanas que va ganando a pulso. Ya ha visto caer muchos soles y nacer otros tantos; por eso entiende que el verdadero coraje no está en marcharse sino en quedarse, en seguir queriendo, aunque el querer sea tan invisible como el rocío que se evapora al primer calor. Afuera, el mundo despierta de a poco, y él, con las manos todavía tibias del fuego, saldrá a recibirlo como quien saluda a un viejo amigo terco y querido.
En eso está, cuando en un momento se estremece. Un rayo tenue de luz alumbra el patio y da forma a las cosas. Aclara la mañana como todos los días.
Aleluya.
Juan Manuel Aragón
A 6 de agosto del 2026, en Cardón Esquina. Espantando el polvaderal.
Ramírez de Velasco®

 

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