![]() |
| "El diario", de Raúl Cisterna |
Los primeros días me dediqué a observar, callar y tratar de entender las reglas de aquel extraño lugar
Los primeros días hubo un tanteo, observaba y me observaban para averiguar de qué lado rengueaba, cómo corría. Me quedaba callado, sentado, leyendo. Agarraba el diario cuando los demás lo dejaban. De todas maneras, lo que sucedía afuera me tenía sin cuidado. Tampoco había que exagerar, releí la “República” de Platón, pero, para no escandalizar, también repasaba esas revistas frívolas, que tratan de actrices hablando como actores y actores comportándose como actrices. Quería hallar la clave del funcionamiento del asunto.Recuerdo que el primer día pensé: “Así que era esto”. Una casa gris, con olor a comida, una silla de ruedas en el pasillo y una enfermera haciendo algo, sin mirar a ninguna parte, en una piecita, que luego supe que tenía nombre inglés. La piecita, claro. Me sucede que nunca las primeras impresiones son duraderas, pero aquella confirmaba mis peores temores.
Me aseguraron que en ninguna otra parte estaría mejor y consideré que era eso o dormir bajo el puente: “Al menos habrá una cama, un baño y sábanas limpias”, pensé. Después he cavilado si no hubiera sido mejor andar de un lado para el otro, caer rendido a la noche, en cualquier parte, tapado con cartones, rodeado de perros flacos, calentando la comida en un tarro, tomando alcohol mezclado con cualquier cosa, mirando el mundo con los descastados ojos de un linyera.
De todas las formas posibles del infierno sobre la Tierra, a saber: guerras, inundaciones, terremotos, cárcel, golpes, la peor es la humillación, mucho peor si es constante, si no tiene principio ni fin.
Entonces me topé con Ofelia, una enfermera bastante bonita a la que, al parecer, los varones deseaban y las mujeres envidiaban. Con ella practiqué puntería, le hice un filo con palabras dulces, pero bien dosificadas, sabiendo que tenía una sola bala en la recámara. Un solo disparo, si fallaba, tendría que sentarme a esperar la muerte en aquel lugar, pero si acertaba, ah, qué placer verles las caras a mis parientes cuando se enteraran.
Fueron varios meses de idas y venidas. Ella era muy correcta y suponía que sus jefes la echarían del trabajo si se enteraban. Algunos entraron a sospechar. Nos lanzaban miradas arteras cuando estábamos juntos, pero jamás les dimos el gusto de que hallaran algo. Y una tarde, mientras estaban en el comedor, merendando, acabó su turno.
Nos mandamos a mudar.
Lejos del hogar de ancianos.
Juan Manuel Aragón
A 16 de septiembre del 2026, en la Viamonte. Tocando el timbre.
Ramírez de Velasco®
Entonces me topé con Ofelia, una enfermera bastante bonita a la que, al parecer, los varones deseaban y las mujeres envidiaban. Con ella practiqué puntería, le hice un filo con palabras dulces, pero bien dosificadas, sabiendo que tenía una sola bala en la recámara. Un solo disparo, si fallaba, tendría que sentarme a esperar la muerte en aquel lugar, pero si acertaba, ah, qué placer verles las caras a mis parientes cuando se enteraran.
Fueron varios meses de idas y venidas. Ella era muy correcta y suponía que sus jefes la echarían del trabajo si se enteraban. Algunos entraron a sospechar. Nos lanzaban miradas arteras cuando estábamos juntos, pero jamás les dimos el gusto de que hallaran algo. Y una tarde, mientras estaban en el comedor, merendando, acabó su turno.
Nos mandamos a mudar.
Lejos del hogar de ancianos.
Juan Manuel Aragón
A 16 de septiembre del 2026, en la Viamonte. Tocando el timbre.
Ramírez de Velasco®



👌🌹❤️
ResponderEliminar