| Una terminal cualquiera |
Los problemas acerca del destino final del alma, vistos desde la mesa de un bar cualquiera, mientras se aguarda un pasajero
—Al final los muertos no van a ese lugar maravilloso de los cristianos —dice Alberto, en una conversación perdida en la confitería de la Terminal de ómnibus, donde a veces nos juntamos los amigos como si fuéramos conspiradores de la vieja guardia.—¿Y cómo sabes? —pregunta uno.
—Porque las adivinas que dicen verlos siempre los describen como espíritus atormentados que hacen preguntas cuyas respuestas, si estuvieran en el Cielo, ya deberían conocer. ¿O no dicen que desde arriba nos dan una mano los muertos si se lo pedimos con fe?Da como para pensarlo. Si los muertos que fueron buenos contemplan la eternidad, quiere decir que están mirando también al que todavía no somos, pero algún día seremos. ¿O el infinito no es un reloj sin tiempo? Y si todo lo ven y están cerca del Creador, a quien molestan a cada rato con pedidos que les hacemos los que aún no nos hemos ido, oiga, ¿qué hacen esas almas en pena dando lástima en las reuniones espiritistas que organizan las viejas para adivinar la suerte?
Alguien responde que al parecer algunas ánimas no caminan derecho a la salvación: quedan empantanadas, esperando quién sabe qué para irse del todo. Un tercero aclara que no en todas partes las cosas se mueven con la lógica nuestra. Quizás exista una distinta para otra clase de espíritus.
—¿Cómo cuáles? —le preguntan.
—Ahí están los nueve coros angélicos…
—¿Y otra más no hay?
—Y sí. Hay otra para Dios mismo, que nos mira desde su trono.
Uno de estos días, como sucede con otros grupos de amigos, alguno de los que está sentado a la mesa será parte de Villa Antarca, después otro, al tiempo otro más, y así hasta que no quede ninguno.
Algo bueno que tiene sentarse en la Terminal es comprobar el apuro de los que están a punto de partir, el cansancio de los que llegan, la sorpresa de los que vienen por primera vez y lo que uno de los amigos describe como el olor de la adrenalina del viaje próximo.
En eso estamos cuando anuncian la partida del Flechabús que va a Buenos Aires. Unos pasajeros corren cargando valijas, un chico empaña la ventanilla del ómnibus para escribir algo, a lo lejos, la azafata se despide del novio.
Dentro de un tiempo nuestras sillas serán ocupadas por gente que no tendrá ni remota idea de quiénes éramos.
Juan Manuel Aragón
A 30 de julio del 2026, en El Remanso. Hondeando urpilas.
Ramírez de Velasco®
—Porque las adivinas que dicen verlos siempre los describen como espíritus atormentados que hacen preguntas cuyas respuestas, si estuvieran en el Cielo, ya deberían conocer. ¿O no dicen que desde arriba nos dan una mano los muertos si se lo pedimos con fe?Da como para pensarlo. Si los muertos que fueron buenos contemplan la eternidad, quiere decir que están mirando también al que todavía no somos, pero algún día seremos. ¿O el infinito no es un reloj sin tiempo? Y si todo lo ven y están cerca del Creador, a quien molestan a cada rato con pedidos que les hacemos los que aún no nos hemos ido, oiga, ¿qué hacen esas almas en pena dando lástima en las reuniones espiritistas que organizan las viejas para adivinar la suerte?
Alguien responde que al parecer algunas ánimas no caminan derecho a la salvación: quedan empantanadas, esperando quién sabe qué para irse del todo. Un tercero aclara que no en todas partes las cosas se mueven con la lógica nuestra. Quizás exista una distinta para otra clase de espíritus.
—¿Cómo cuáles? —le preguntan.
—Ahí están los nueve coros angélicos…
—¿Y otra más no hay?
—Y sí. Hay otra para Dios mismo, que nos mira desde su trono.
Uno de estos días, como sucede con otros grupos de amigos, alguno de los que está sentado a la mesa será parte de Villa Antarca, después otro, al tiempo otro más, y así hasta que no quede ninguno.
Algo bueno que tiene sentarse en la Terminal es comprobar el apuro de los que están a punto de partir, el cansancio de los que llegan, la sorpresa de los que vienen por primera vez y lo que uno de los amigos describe como el olor de la adrenalina del viaje próximo.
En eso estamos cuando anuncian la partida del Flechabús que va a Buenos Aires. Unos pasajeros corren cargando valijas, un chico empaña la ventanilla del ómnibus para escribir algo, a lo lejos, la azafata se despide del novio.
Dentro de un tiempo nuestras sillas serán ocupadas por gente que no tendrá ni remota idea de quiénes éramos.
Juan Manuel Aragón
A 30 de julio del 2026, en El Remanso. Hondeando urpilas.
Ramírez de Velasco®

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