Una terminal cualquiera Los problemas acerca del destino final del alma, vistos desde la mesa de un bar cualquiera, mientras se aguarda un pasajero —Al final los muertos no van a ese lugar maravilloso de los cristianos —dice Alberto, en una conversación perdida en la confitería de la Terminal de ómnibus, donde a veces nos juntamos los amigos como si fuéramos conspiradores de la vieja guardia. —¿Y cómo sabes? —pregunta uno. —Porque las adivinas que dicen verlos siempre los describen como espíritus atormentados que hacen preguntas cuyas respuestas, si estuvieran en el Cielo, ya deberían conocer. ¿O no dicen que desde arriba nos dan una mano los muertos si se lo pedimos con fe? Da como para pensarlo. Si los muertos que fueron buenos contemplan la eternidad, quiere decir que están mirando también al que todavía no somos, pero algún día seremos. ¿O el infinito no es un reloj sin tiempo? Y si todo lo ven y están cerca del Creador, a quien molestan a cada rato con pedidos que les hacemos los ...
Cuaderno de notas de Santiago del Estero