![]() |
| Un "error táctico" de los delincuentes |
Algunos días descubre que las derrotas no acaban cuando se pierden, sino cuando dejan de soñarse
A veces recuerda esos días, cuando creía que el gobierno estaba a tiro de pistola, ahí nomás, a la vuelta de la historia. Sueña con que, por una de esas carambolas del destino, se hacían con el poder. Llegaban a la Casa Rosada de botas sucias, cabello largo, camisas Grafa de obreros, fusiles apuntando al suelo mientras el pueblo los aclamaba en la Plaza de Mayo. Hubiera sido una escena apoteósica.El 1 de diciembre de 1974, en Tucumán, el capitán Humberto Viola, de 31 años, fue asesinado junto a su hija María Cristina, de tres años, en un atentado perpetrado por miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo. El oficial, que prestaba servicios en el destacamento de inteligencia, conducía su automóvil junto a su esposa María Cristina Picón, embarazada de cinco meses, y sus dos hijas cuando llegaron a la casa de sus padres en Ayacucho al 200. Al detener el vehículo para abrir el portón, fueron rodeados por tres coches desde los que abrieron fuego con escopetas y ametralladoras. Viola descendió para atraer los disparos y proteger a su familia, pero fue rematado. Su hija menor murió por los impactos, mientras que María Fernanda, de cinco años, resultó gravemente herida con un disparo en la cabeza.Luego del triunfo, habrían esperado varios días para dar tiempo a llegar a los compañeros de todo el país, los bravos jujeños bajando de los cerros, los tucumanos luego de abrirse paso por las selvas, dejando los tractores en los cañaverales, los valientes cordobeses dejando de empuñar sus herramientas en las fábricas automotrices.
Piensa que para triunfar deberían haber tenido menos pruritos, porque una revolución, al fin y al cabo, no se hace sin derramar mucha sangre de inocentes. No lamenta que la conducción no se haya dado cuenta a tiempo de que, ya por el 76, era preciso dejar las armas y plantear a los militares una especie de armisticio o rendición.
Si llegaban a tener la sartén por el mango, las cosas iban a ser diferentes, era urgente empezar una campaña de descolonización cultural para enseñar al pueblo quién tenía la verdad: ellos, o sea. Hay días en que le da la razón a lo que dicen que pensaba Roby: una vez en el gobierno era preciso fusilar a un millón de argentinos para después sí, iniciar la verdadera Revolución sin el lastre de una contra que podría haber sido muy molesta.
Son pensamientos que le vienen cuando está yendo al centro en su auto, en la sala de espera del médico, en la fila del banco. Tenía una lista de los que mandaría a fusilar en su propio pueblo; algunos sólo por ser posibles contrarrevolucionarios, otros por irrecuperables y algunos más solamente porque no le caían simpáticos. Total, encararía una regeneración completa.
Siempre que tiene estas sangrientas fantasías retrospectivas se le aparecen las tediosas reuniones del Partido, la fábrica a la que lo enviaron a hacer docencia y en la que llegó a ser Jefe de Taller. Había participado en el asalto de una armería del centro de Córdoba. Pero otros tenían que sacársela al policía de la esquina pegándole un balazo en la nuca. Lo que más le gusta recordar es que muchos les disparaban por la espalda.
Un parte de guerra de los guerrilleros socialistas describió el hecho con frialdad. La acción, ordenada como represalia por la Masacre de Capilla del Rosario en Catamarca, donde murieron prisioneros del grupo, buscaba asesinar a diez oficiales. En el ataque, comandado por Hugo Irurzun, participaron Francisco Antonio Carrizo, José Martín Paz, Rubén Jesús Emperador, Fermín Ángel Núñez, Miguel Norberto Vivanco y Svante Grände. Reconocieron la muerte de la niña como “un exceso injustificable” y decidieron dar por terminada la campaña de represalias. El parte detalla cómo los disparos alcanzaron a las menores por rebotes y el primer escopetazo.
Recuerda, sobre todo, el odio que tenían a quienes consideraban cerdos burgueses, perros guardianes del statu quo. Siempre hay algo que lo saca de sus ensoñaciones: si no es la mujer que lo jode para que vaya a comprar hongos chilenos al supermercado, es la empleada doméstica que pone tangos en la radio a todo lo que da o son las hijas que le piden que las lleve a hockey en el Lawn Tenis.
Juan Manuel Aragón
A 31 de julio del 2026, en el Puestito. Chalaneando el mancarrón.
Ramírez de Velasco®


Comentarios
Publicar un comentario