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| El bastón y su recuerdo |
Creí que conservaba un objeto cualquiera, pero cada golpe contra el piso termina despertando recuerdos persistentes
Se quedó en casa el último bastón que tuvo mi tata, uno de guayacán, negro y opaco. No me lo reclamaron los parientes y ahora, aunque me lo pidieran ya no lo voy a entregar. Lo tengo bien guardado en un ropero y a veces lo saco para hacerlo dar contra el piso. El sonido del regatón pegando contra el suelo me recuerda sus pasos cuando era viejo y los años que se le venían encima.En el silencio de la muerte, las cosas no se mueren del todo. Guardan algo del alma que las usó, como si recordaran la mano que las tocaba. No son simples objetos sino pedacitos de vida que se resisten a desaparecer y siguen resonando, aunque ya no haya un resuello para sostenerlas.A veces pienso que la muerte no se lleva todo de golpe, nomás lo esconde en un rincón. En cada cosa que tocó la mano de mi tata quedó algo de su intención, como si el alma le hubiera dejado su marca y señal. El bastón no es pura madera y regatón: guarda lo que él fue derramando con los años, un pedacito de vida que no se apaga del todo y sigue latiendo calladito, esperando que yo lo agarre y lo haga sonar.
Hay algo en las cosas de todos los días: en el mate de la mañana, en el costurero con aguja, hilo y dedal, en el reloj pulsera gastado, en la agenda que solo uno entiende. Digo, no solo las cosas nos marcan a nosotros, nosotros también dejamos una huella bien honda en todo lo que necesitamos para ir tirando.
O eso quisiéramos que sea. Porque algunos no nos avenimos a la idea de morir, por lo menos pretendemos no morir del todo cuando dejemos de respirar. Porfiamos en que los dioses de los objetos protejan nuestro recuerdo, se avengan a mostrar parte del alma que nos llevamos al otro mundo, que el vaso que ayer nomás usamos para el vino, nos guarde del olvido eterno.
Quién sabe, ¿no?
Asunto complicado.
Esta mañana voy a sacar el bastón de mi tata para hacerlo dar contra la tierra dura del patio de casa. ¡Tun!, ¡tun!, ¡tun! De esa manera, con el ruido, quizás reviva algo de su alma para hacerme descreer de que una de esas tardes lo voy a ver volviendo.
A veces pienso que uno no es uno, sino el recuerdo que va dejando y las saudades que lo acompañan.
¡Ah!, tiempo, si fueras cangrejo, para caminar hacia atrás.
Juan Manuel Aragón
A 29 de julio del 2026, en Alto Alegre. Refrescándome en la represa.
Ramírez de Velasco®


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