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| "Roma Eterna", de Raúl Cisterna |
Pesadillas persistentes llevan a un senador a investigar un remoto rincón del imperio en el que no pasa nada importante
Un senador romano, Galio Cornelio Silanus, empieza a sufrir pesadillas. Es un senador poderoso, viene de una familia fundadora de Roma, descendiente directo de Rómulo, según dice una genealogía. En ocasiones sueña con un hombre alzándose contra el poder de Roma. Siempre es la misma escena: un desconocido es aclamado por pueblos de los confines del mundo. A veces se despierta con el pecho oprimido. Consulta adivinos, augures, sacerdotes de los templos de la ciudad, pero no queda satisfecho con sus respuestas.Una noche ve una paloma blanca posándose sobre un antiguo templo que no conoce. A la mañana siguiente dibuja el edificio. Amigos, que han recorrido el imperio, le avisan que bien podría estar en Jerusalén, una ciudad del Asia, en una región inhóspita y árida, rodeada de desiertos infames, el último destino para un soldado, un castigo para cualquiera. Le muestran un dibujo más detallado y reconoce el templo. La familia le sugiere que deje de pensar en eso, no hace caso.Galio tiene un esclavo, Rufus, llamado así por su cabello rojo, al que suele confiarle sus sueños. Cuando identifica el templo de Jerusalén, lo envía a esa lejana provincia para averiguar si sus sueños esconden algo de verdad.
Meses después, a su regreso el esclavo le reseña lo que ha visto. Prácticamente nada. Le cuenta que el pueblo judío es pequeño, sin poder, sin ninguna esperanza de salir de su estado de sometimiento, un rincón miserable del imperio, para peor dividido por muchas reyertas internas y una religión extraña que reconoce un solo Dios. Andaban por ahí varios predicadores proclamando la llegada del Mesías, que habría de salvar al pueblo, nada distinto de lo que sucedía en otros lugares.
—¿Pasó algo mientras estabas allá?
—Nada que merezca mencionarse.
Galio suspira decepcionado.
—Salvo un curioso santón que peregrinaba con un grupo de hombres andrajosos, tratando de convencer a la gente de los pueblos cercanos de que era el hijo de Dios. Un orate
—¿Qué le sucedió? —pregunta el senador.
—En esos días lo sometieron a un juicio.
— Ah —dice el senador, curioso todavía —¿cómo fue?
—El prefecto de Judea, un tal Poncio Pilatos, preguntó a la muchedumbre a quién quería liberar. Uno era el santón, el otro un ladrón y asesino muy conocido en esas tierras.
—¿Qué eligió la gente? —inquiere nervioso Galio.
—Se inclinó porque viva el asesino y que crucificaran al otro.
—¿En serio?
—Así fue, mi señor.
—¿Cómo era el hombre?, pregunta nuevamente.
—¿El crucificado?
—No. El otro.
—Tenía barba espesa, lo vi de lejos, no recuerdo mucho más.
—¡Ese es!, exclama el senador —¡Es él! –repite —¿cómo era su nombre?
El esclavo duda un instante y avisa que lo llamaban Jesús de Nazaret.
—¿Te refieres al ladrón?
—No, el otro. Es el hombre que, según mis sueños, será coronado rey.
—Se llama Barrabás.
—¿Ves?, grita ahora Galio —hasta tiene un bello nombre —¿dices que la gente lo eligió para salvarse?
—Sí.
—¿La mayoría?
Casi todos prorrumpieron en alaridos de júbilo cuando dijeron que lo soltarían.
—Él es, entonces, el que, según mis sueños, viene a salvar a los hombres de lo que para ellos es el gran peligro de esta Roma Eterna.
El esclavo que ha estado en el lugar, tiene sus dudas.
El senador lo mira y le dice:
—Los pueblos rara vez se equivocan cuando aclaman a alguien. Dime Rufus, ¿es un hombre alto?, ¿tiene alguna posibilidad de ser rey?
—No lo creo, pero quién sabe— responde el esclavo —sin embargo, déjeme que le diga algo sobre el crucificado, parecía un gran hombre y tenía una mirada que…
—No te equivoques. Si es el que vendría a salvar a los judíos, ¿por qué no se salvó primero él? El hombre de mis sueños es Barrabás.
Pide que le traigan una copa con mulsum, vino con miel de Sicilia y lo saborea mientras piensa:
—Estamos a tiempo.
Juan Manuel Aragón
A 2 de agosto del 2026, en Tinajeras. Visitando a la tía Cuca.
Ramírez de Velasco®


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