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| Parque Aguirre |
Al verme suelto, caminando bajo la sombra de un cielo azul, no hubo uno que no saliera a la disparada
El día que me escapé, me buscaron por todos lados, como si hubiera sido el criminal más sanguinario de Santiago y sus alrededores. No tenía adónde ir. Todos los días observaba el paisaje desde mi celda, pero nada me resultaba familiar.Los carceleros se descuidaron un instante, tuvieron un segundo de desorientación, se confiaron, creyeron que con los años ya no los miraba cuando venían a abrir la celda. Pero siempre estuve atento: se les olvidó de que la libertad era lo que más me importaba en la vida. Me colé por detrás sin que se dieran cuenta. Fue fácil. Después anduve vagando por todas partes. La ciudad, a la que conocía por referencias, me era completamente extraña. Fueron tantos los años encerrado que al principio no supe qué hacer. Después me quise orientar: si para aquel lado quedaba el río, para este otro lado estaban las casas.Estuve un rato dando vueltas por el parque, escondiéndome entre los eucaliptos, tratando de pasar inadvertido. Gozaba porque el aire no se filtraba por entre los barrotes, llegaba limpio. Al cabo de una hora o quizás más, supe que se habían percatado de mi ausencia. Llegaban gritos de gente que chillaba: “¡Es peligroso!”. Me reí, porque el peligroso al que se referían era yo, que soy —modestamente— un pan de Dios.
Una pareja que a esa hora hacía gimnasia, primero sintió los gritos, luego me vio y huyó corriendo despavorida, a toda velocidad. Me hice el de perseguirlos un rato y luego los dejé ir, con su terror a cuestas. Y encaré para el centro. Muchos sabían quién era yo por qué tenía que estar encerrado.
Ya sé que en mi condición nadie dice que está encerrado con razón, siempre hay atenuantes. El caso es que estábamos condenados sin juicio previo. Encerrados de por vida, pagando quién sabe qué delitos ajenos.
Al verme suelto, caminando bajo la sombra de un cielo azul, no hubo uno que no saliera a la disparada. Parece que dieron la voz de alarma, porque al rato no había nadie en las calles, salvo yo y la gente de los autos, que me observaba con curiosidad. Desde un ómnibus, un chico asomó la cabeza y me gritó: “¡Vete al bosque!, ¡ahí no te van a encontrar!”. Pero andaba perdido.
Esa tarde me rodearon entre muchos. Pude haberme escapado para esconderme en otro lugar, pero supe también que sería inútil cualquier huida. Opté por lo más sensato, trepé a un árbol y esperé. Al parecer me dispararon un dardo tranquilizante. Me mandaron de regreso a mi lugar de encierro.
Todas las noches, cuando quedamos solos, vuelvo a contar mi historia a los chanchos del monte, a las catitas australianas, a los tigres. Ninguno me contradice.
Y se van durmiendo.
Juan Manuel Aragón
A 8 de agosto del 2026, en Vitiaca. Yendo a Ánimas.
Ramírez de Velasco®


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