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| "Almas", de Raúl Cisterna |
Cuando cae el silencio recuperan sus juegos, recorren rincones conocidos y hacen crujir los muebles para hacerse notar
Si nos vamos, se ponen a bailar, a saltar, organizan ceremonias secretas, pasean como Juan por su casa por las habitaciones desoladas. Resumen nuestras viejas ansias, porque más allá de la vida topemos algo y, si fuimos buenos, que mejore lo presente. Quién sabe si tienen idea de la naturaleza de su ser o solo se dedican a danzar en la sala, la cocina, el patiecito de luz, la habitación de los chicos, la pieza de nosotros, el baño, el patio de atrás. Abren la alacena para revolver entre la yerba, el azúcar, los fideos, el arroz y el aceite; se prueban la ropa, sacuden las polillas de los vestidos o se sientan en los sillones del patio a mirar las estrellas, curiosas, como si no las conocieran, preguntándose si son fuentes de luz o agujeros en el techo de la carpa de la oscuridad.Cerramos la puerta para marcharnos y, con el chasquido de las llaves en la cerradura, salen todas a la vez, felices porque la casa es suya de nuevo para repasar cada rincón como si fuera nuevo, jugar bajo la mesa del comedor, probarse el sombrero de la percha, sentarse en la sala, hacer ruido con las ollas como si cocinaran, jugar a las escondidas, a la pilladita, ¡a las estatuas!, y volver a esconderse cada vez que sienten un ruido de afuera.Venimos de la calle haciendo bochinche desde la otra cuadra, conversamos con un vecino, saludamos a otro, recordamos a último momento que nos olvidamos del pan y lo compramos en el kiosco de la esquina y ellas, con su fino oído, calculan cada paso nuestro para dejar todo como está y volver a ocultarse en esos rincones a los que no llegamos: detrás del ropero de la piecita del fondo, en el filo de la tapia que da al vecino, debajo del sillón blanco que compró la vieja porque lo vio en una revista de moda.
Se quedan quietitas y apretadas cuando estamos todos, no hacen ruido, oyen las conversaciones, ven lo que hacemos: a veces están con nosotros en el baño cuando tenemos los ojos cerrados para que no nos entre jabón. O se cubren entre las hojas del paraíso de la puerta. En esa semioscuridad están a sus anchas. En una de esas cuchichean con los ratones o estiran los resortes de los sillones con un chasquido seco para que adivinemos su presencia.
Y son felices, quizás.
Juan Manuel Aragón
A 29 de agosto del 2026, en Antajé. Robando mandarinas.
Ramírez de Velasco®


Excelente Juan!
ResponderEliminar¡¡¡¡¡ JUAREZ VUELVE ¡¡¡
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