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NATURALEZA El infierno son los otros

El cacuy en una plaza

Ambulan entre sombras urbanas y reclaman un espacio que la memoria del pavimento no borra del todo

Cada vez que avisan que hay un animal salvaje en una ciudad, como algo inusual, debes pensar que en realidad fue al revés. La gente hizo sus casas, sus calles, sus patios, sus escuelas, en un lugar que era el hábitat de animales que vivían en libertad. Muchos se sorprenden cuando aparece un zorro en una plaza, una corzuela en un camino o una víbora en el jardín, pero la sorpresa debería invertirse. Lo extraño no es que el animal esté allí, sino que alguien haya ocupado ese sitio y después pretender que los antiguos habitantes se retiren por voluntad propia.
Un barrio nuevo suele levantarse en la periferia. Ahí había matorrales, pastizales o bosques. Al poco tiempo llegan las noticias: aparece un puma entre las casas en construcción, bajan los carpinchos a la vereda, un jabalí cruza el asfalto. Se habla de invasión, de intrusos, de visitas inesperadas. Los recién llegados son los hombres con sus máquinas, planos de loteo y verjas prolijas. Hay un cruce de tiempos: los animales todavía no recibieron la notificación de desalojo, porque en la naturaleza no hay un boletín oficial.
La imagen de un animal desorientado en lo que llaman zona urbana hace que algunos sientan miedo y otros, curiosidad nomás. En tiempos de rápidos celulares, muchos sacan fotos o filman. Después de la inevitable denuncia viene el control, las fuerzas de seguridad o las brigadas especializadas que intentan capturarlo para devolverlo a “su lugar”.
Dice Dios en la Biblia, en el primer capítulo del Génesis, por si usted es creyente: “Sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla. Dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que se mueven sobre la tierra”.
El pobre bicho ya no tiene hogar. El monte fue talado, la laguna se rellenó, los pastizales se cubrieron de cemento. El desplazamiento forzado no se resuelve con un traslado, porque la nueva casa no tiene las mismas condiciones ni la misma continuidad territorial. Más o menos como si le dijeran que mañana a usted le vendaran los ojos y lo llevaran a otro barrio. Imagínese.
Con frecuencia se describe la situación con tono pintoresco. Un zorro merodeando en los tachos de basura es una nota de color para un diario, un turista exótico de pagos lejanos. Empero, detrás de esa postal hay un proceso crudo y duro: la búsqueda desesperada de comida y refugio. El animal debe adaptarse, no le queda otra, y en ese acomodo a los nuevos tiempos muchas veces se juega la vida. La calle no perdona, y con autos, perros sueltos y gente asustada, el margen de error es mínimo.
Luego del Diluvio, en el capítulo 9 del Génesis, Dios dice: “El temor y el miedo a vosotros estarán en todas las fieras de la tierra, en todas las aves del cielo, en todo lo que se mueve por la tierra y en todos los peces del mar: todo esto os he entregado en las manos. Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento: lo mismo que os di la hierba verde, os lo doy todo”.
Y la otra cara, ¿no? Hay quienes consideran esas apariciones como un recordatorio incómodo. Ven un cacuy en un árbol de una plaza y piensan en lo que había antes. Se obligan a aceptar que el suelo que pisan no fue siempre suyo y que no fueron los primeros en habitarlo. Esa memoria, que los mapas urbanos borran con facilidad, regresa en la forma de una huella fresca, de una sombra entre los árboles, de un aullido en la noche.
Se suele decir que los animales salvajes aprenden a convivir con los cristianos. Pero es una armonía forzada, con poco de elección. De repente los bichos se topan con cercos, luces, ruidos, autos, y deben arreglarse en medio de ese bochinche. Algunos logran sobrevivir, otros desaparecen sin que nadie registre que quizás su propio dormitorio era el lugar del puma, la cata, el hualu.
Y cada cierto tiempo, cuando un antiguo habitante del bosque aparece en una foto, en el patio de una casa, vuelve la misma pregunta mal planteada: ¿por qué había una yarará en el jardín? Tal vez lo correcto sea plantearse: ¿qué hace ese vecino en la casa de la yarará?
Queda este escrito para que lo piense, lo medite y extraiga conclusiones. Pero si tiene una respuesta fácil en la punta de la lengua, felicitaciones. Publíquela en los comentarios e ilustre al resto de los lectores.
Juan Manuel Aragón
A 22 de septiembre del 2025, en Caspi Corral. Hondeando ututus.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Excelente reflexión Juan Manuel! Qué hacemos nosotros, en el lugar donde deberían habitar los animales? La expuesta es: Sobrevivimos, igual que ellos, cada vez menos. Cada nueva generación reproduciendonos menos, hasta que también nos extingamos, igual que muchas especies. Quizás esto nos plantea nuevas preguntas. Evolución o involución?

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  2. ¿quieres que ademas de santiagueños ,nos reproduscamos? ¿cual seria el objeto?

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