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| "Barcito", de Raúl Cisterna |
En un encuentro inverosímil se acercó un desconocido para entregarme una clave que se me escapaba, entonces entendí
Se me sentó al frente en un barcito de la Libertad. No sé cómo sabía que aquello me daba vueltas en la cabeza, la cuestión es que me entregó la clave del asunto. “Deuda es la obligación que tiene alguien de devolver algo, ofender, en cambio, es humillar o despreciar a alguien con palabras o acciones”. Recuerdo que le respondí que eso estaba clarito, pero no sabía dónde iba. “Al Padrenuestro”, replicó. “¿Qué tiene que ver?”, me quise enojar. Entonces pidió: “Si quieres saber más, pagá alguito siquiera”. Son esas mañanas de sábado, ¿ha visto?, que suelo andar a la deriva, buscando un amigo para ver si picamos algo en el mercado o vamos a Upianita a ver qué pasa. El tipo me intrigó. Le pedí un café. “Con dos medialunas”, agregó.“Bueno, ahora explique, porque no entiendo nada”, lo apuré. Explicó que el cura, en la confesión, perdona las ofensas. "Por supuesto", repuse. Añadió que entre los pasos que hay que dar para que los pecados sean perdonados, hay uno que es importante, aunque pocos se detienen a pensarlo: el propósito de enmienda, que es regresar con quien se ofendió y pedirle perdón o, si cabe, devolverle lo hurtado.El desconocido comía las medialunas con un hambre digna de causas más elevadas. “Viene atrasado el carguero”, le apunté con una sonrisa. Respondió que no lo interrumpiera, porque tenía otras cosas que hacer, andaba apurado con no sé qué encargos raros.
“El sacerdote, cuando te confiesa, no tiene cómo hacer que enmiendes tus deudas. Porque si has matado, debes una vida”, sostuvo. “Y qué”, aduje. “Una vida es algo que no vas a devolver, has hecho que una mujer pierda a su marido, que una madre no tenga más su hijo, que los hijos no vean más al padre”. Empecé a entender.
“¿Por eso decimos ´perdónanos nuestras deudas´?”, le pregunté sabiendo la respuesta. “Obvio”, dijo. Agregó que a Dios hay que pedirle que perdone nuestras deudas, porque el sacerdote no puede hacerlo. Y por eso cuando rezamos el Padrenuestro pedimos que nos perdone las deudas y no las ofensas.
Después me dieron ganas de ir al baño. Cuando volví, observé que ya no estaba en la mesa. Al rato el mozo me preguntó: “¿Qué va a tomar?”
Nadie lo había visto.
Juan Manuel Aragón
A 30 de agosto del 2026, en Las Juntas. Arreando las cabras.
Ramírez de Velasco®


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