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| Ilustración nomás |
Eran los animalitos preferidos de los niños hasta que un olvido los borró del mapa para siempre: desde entonces los lloramos
¿Pregunta cómo fue que desaparecieron los diplosterios en el tiempo en que el mundo andaba recién levantado? Le cuento, antes de los perros, los gatos, los conejos, los canarios y otras mascotas, fueron los preferidos de los niños, con sus alas verdes, sus garras afiladas, el fuego que lanzaban por la boca y una mansedumbre que avergonzaría al más dócil de los gatitos de Angora.Entre el nacimiento del primer Adán, a quien nombrábamos como el Padre de todos los Padres y el último, al que la Biblia llama Noé, hubo un segundo y un tercero y un cuarto Paraíso Terrenal y en todos ellos nos tentamos con el Árbol del fruto del bien y del mal sólo para probar que éramos más que Aquel Cuyo Nombre no Pronunciamos.Quedaron en la memoria de las generaciones que vinieron después. Al principio eran simpáticos dragoncitos. Luego, cuando el mundo se hizo extremadamente complejo y los hombres se pusieron a observar las estrellas, la humanidad empezó a creer que eran extraterrestres: eran verdes, volaban y nunca terminaban de parecer de este mundo. Pero en un tiempo fueron la delicia de los niños, que jugaban con ellos y los tenían como la mejor compañía que un padre podía pretender para su hijo.
Entregaban el primer diplosterio a los niños a la más tierna edad posible y les enseñaban a cuidarlo como a sí mismos. Debían cepillarlos al levantarse, darles de comer, hacerles monerías para divertirlos y mostrarlos a los mayores siempre bien aseados, pulcros. Cuando los bichitos se hacían viejos les salían colmillos que a veces les impedían comer, por lo que debían alimentarlos, dando la oportunidad a que los niños se mostraran generosos con sus mascotas. Cuando esos mismos jóvenes cuando conseguían mujer y tenían un hijo, buscaban uno para criar a su vástago en las tradiciones más puras de la comunidad.
Antes de que se acabaran para siempre, el hábito de criarlos había decaído. Un poco por la degradación de las costumbres, y también por la modernidad que todo lo abarcaba: las casas se hicieron cada vez más pequeñas, la familia se achicó, llegó la televisión y empezaron a considerar que era un animal antihigiénico y molesto. La modernidad les tenía reservado un manso olvido.
Cuando encaramos la construcción del arca del último Diluvio, nos olvidamos el par que seleccionamos para llevar, porque total, los niños ya no lo necesitaban. Y cuando la lluvia pasó, no había ni rastros. Todavía los lloramos desconsolados, dándonos con la cabeza contra las paredes cuando los evocamos. Pero lo peor es la sensación de que eran demasiado buenos para nosotros.
No los merecíamos.
Juan Manuel Aragón
A 25 de julio del 2026, en la Juárez Celman. Visitando a la señora Pirina.
Ramírez de Velasco®


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