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| "Natalidad cero", de Raúl Cisterna |
Nunca hubo tanta libertad para gozar del sexo y tan poco entusiasmo por aceptar sus obvias consecuencias
La sociedad tiene un problema vital, sabe cuál es la solución, pero se niega, de forma terminante, a ponerse manos a la obra. El drama es, mire usté, que no nacen los niños suficientes como para reemplazar a los adultos. ¿Por falta de los trámites necesarios, digamos, para engendrarlos? ¡Al contrario, amigo! Para decirlo con palabras crudas, lo que sobra en este mundo es placer y sexo. Donde se dé vuelta. Nunca como hoy hubo tanta libertad sexual y, sin embargo, nunca hubo tan pocos chicos. Y siguen disminuyendo.El problema es que aumentaron de manera exponencial los sistemas para evitar su resultado más patente. Y los adultos se acostumbraron a deleitarse con el mecanismo, sin temer la consecuencia, porque no la habrá. En algunos países los niños son una rareza: cierran jardines de infantes y escuelas, y los toboganes y hamacas de las plazas están cada vez más vacíos.El camino, en muchos casos, es volver a la naturaleza; tan simple como eso. Dejar de lado los embelecos que propone la medicina moderna para gambetear la reproducción y hacerlo como Dios manda. Para decirlo de manera criolla, en pelo, sin apero, freno ni jerguilla. Pero nadie se anima a dar el primer paso.
Como una contradicción flagrante, una parálisis morbosa campea en las acciones de quienes hacen de su sexo una bandera cuando todavía pueden reproducirse. Por alguna razón, el mundo les ofrece alternativas mejores que la de verse reflejados en sus propios párvulos. Entre ellas, como se dijo, la de hacer todo posible por tenerlos, pero con una o varias barreras que lo impidan.
Hay quienes sostienen que el hedonismo ha llegado para no irse más y por eso hay ciertas muletillas que no se caen de la boca de muchos: desde "son un estorbo", hasta "hay que tener plata", pasando por "para qué engendrarlos si todo está hecho pedazos". Lo cierto es que cuando el último viejo apague la luz del último asilo de ancianos, se terminará para siempre esta civilización. Y también cualquier otra.
El caso es que un comportamiento que conocen desde las más pequeñas hormigas hasta los enormes elefantes, es dejado de lado voluntariamente por los humanos, que huyen de sus futuros críos como si de la peste se tratara.
Una esperanza de vacío perpetuo pareciera que hincha los corazones de quienes eligen voluntaria y alegremente ser los últimos exponentes de su sangre. Más allá de ellos no habrá nadie a la vista para encender una vela en su recuerdo. El cierre de un ciclo que iniciaron Adán y Eva, temido desde Hiroshima, no se dará por un aniquilamiento a la fuerza, sino entre las sábanas de pasiones vacías de quienes se someten solamente a los dictados del placer sin culpa, sin sentido.
El acantilado se acerca y nadie quiere evitarlo.
Juan Manuel Aragón
A 4 de septiembre del 2026, en el Newbery. Inflando la rueda.
Ramírez de Velasco®


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