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| "Pensativo", de Raúl Cisterna |
Una definición de cultura se me complica cuando aparecen dioses, artistas, dinero, Borges y un artefacto placentero
La definición más conocida de cultura indica que viene del latín cultūra, derivado de colere, que significa cultivar, trabajar la tierra, cuidar. Con el tiempo, la palabra amplió su significado hasta designar aquello que el hombre agrega a la naturaleza. Es la explicación más sencilla. Así, forman parte de la cultura las actividades humanas comunes o extraordinarias: colgar un cuadro, hablar mal de un amigo, sembrar maíz, manejar un tractor, tomar mate, construir una casa, montar a caballo, coger los cubiertos en la mesa, emborracharse con ginebra, bailar una zamba, castrar un toro, comer una galleta, peinarse con gomina y todo lo que una persona crea, forma, realiza o perpetra ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Uf: billones de billones de asuntos.Hay otra acepción, emparentada con la anterior, que lleva la palabra hacia el terreno de lo sagrado. Cultus, en latín, alude al culto, a la veneración, al cuidado de los dioses. Vista desde ahí, la cultura podría entenderse como aquello que el hombre hace no solamente para sobrevivir o ganar dinero, sino también para satisfacer una necesidad más difícil de explicar: la de crear, celebrar, venerar, conmoverse. Ir a misa, a la sinagoga o a la mezquita para rezar pertenece a ese territorio. También un cuadro, una poesía, una novela o un vals, aunque después terminen convertidos en mercancías. ¿Quién se anima a medir su emoción al oír la “Danza de la paloma enamorada”, de Atahualpa Yupanqui? ¿Alguien sabe cuántas lágrimas hizo derramar “El amenazado”, no solamente a su autor, Jorge Luis Borges, sino a cientos, quizás miles de lectores de todo el mundo? ¿Es posible sopesar la turbación que puede producir una mirada de la mujer amada, “La Piedad” de Miguel Ángel o “Sonatina” de Rubén Darío? La cultura, desde este punto de vista, es aquello que hacen los hombres cuando la utilidad ya no alcanza para explicar por qué lo hacen.Por supuesto, existen excepciones, territorios grises. Trabaja por dinero el abogado que redacta mil alegatos calcados de un cliché, pero si en un juicio especial pone su enjundia y su sentimiento artístico al escribir una defensa, bien puede estar presentando una obra de arte ante los jueces. Lo mismo ocurre con el artesano que se pasa la vida ensartando cuentas y que, de vez en cuando, fabrica una tiara digna de reposar sobre una testa real. Y quién puede dudar de la necesidad de ganarse la vida del lustrín que sacude cepillos, trapos, tinta, pomada y cera, pero que un buen día se esmera de tal manera que a un par de tamangos viejos, ya enmohecidos, necesitados de media suela y taco, los deja charol y espejo, como para vestir jaquet y entrevistarse en el palacio de Buckingham con la mismísima reina Isabel. Se hacen obras de arte que, sin embargo, se miden en rupias contantes y sonantes.
En esa frontera entre el arte y lo mercantil debe haber vivido el obrero italiano —quizás francés— que, a fines del siglo XVII, inventó el bidé, una de las siete maravillas del mundo, según una clasificación que acabo de inventar. Su perfección, su exquisito diseño, sus redondeces, su utilidad y el evidente regodeo que proporciona a millones de usuarios lo acercan, de algún modo, a las dos acepciones de cultura. Entre el plomero que se gana la vida colocándolo en las casas y el deleite que provoca su uso hay un límite sutil, acaso tan sutil como el chorro de agua que sale de su grifería.
Sentado en este artefacto magistral, cualquiera puede sentirse un Epicuro, reflexionando sobre la felicidad, la música de Brahms, el placer del sexo, la fragancia de los eucaliptos del parque Aguirre, la ataraxia, los suaves muslos de una mujer, el hedonismo, cosas así. Después de todo, si la cultura consiste en aquello que hacemos cuando la utilidad inmediata deja de ser suficiente, pocas cosas parecen más de cultura que sentarse tranquilamente en un bidé, abrir el grifo y ponerse a pensar en la felicidad.
Juan Manuel Aragón
A 3 de septiembre del 2026, en Pericuiti. Bailando con las sombras.
Ramírez de Velasco®


Te vas a morir de hambre pero no de sed, decía una vieja sentada arriba de un bidé. Que viva la cultura.
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