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| "Sacha escritor", de Raúl Cisterna |
Ya casi nadie lee, escribir cuesta muchísimo y hasta el periodismo parece condenado a desaparecer
Algunas veces debo decidir qué poner cuando en el formulario preguntan "oficio u ocupación". Siempre dudo entre periodista y cronista. Pero jamás se me ocurriría decir "escritor", tarea que está muy por encima de mis posibilidades, como lo vengo constatando desde siempre. No es falsa modestia, es la prueba de un hecho cierto.Para ser escritor hay que ser muy profundo, se debe poner en palabras, de manera inteligente lo que quizás piensan muchos. Cuando Atahualpa Yupanqui dice: "Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas", ha condensado un mundo de pensamientos. Muchos las repetirán después cuando quieran expresarlo con idéntica sencillez. En una de las versiones del poema "La lluvia", Jorge Luis Borges la describe como "una cosa que sin duda sucede en el pasado". En un instante habla de una sensación que tienen muchos cuando oyen por primera vez ese texto. Hay que tener una sensibilidad superior y una mente tocada por los dioses para elevarse por sobre el común, usando sus mismas palabras, pero combinadas de una manera que no se diría.Para decirlo de otra forma, un escritor es alguien con una sensibilidad superior a la del resto de los mortales. Tiene una alerta en los oídos que le hace sentir cómo vibran las palabras en un papel y las va dejando caer de tal manera que ninguna desentona y entre todas forman un conjunto armonioso y bello. Como si supiera de qué manera llegar al corazón de los lectores, esa facilidad para, digamos, mover la pluma, lo hace trascender en el tiempo. Porque un escritor sin sus lectores es la mitad de sí mismo.
A qué viene esto.
A que me faltan esas cualidades. Por eso nunca seré escritor, sino apenas uno que combina las palabras de manera más o menos correcta y que está a la misma distancia que hay entre un aficionado a la guitarra y Ricardo Falú. Puede gustarle cómo toca el instrumento su vecino, admirarlo porque ha logrado algo que, por más que lo intente, usted no podrá. Pero convenga en que no es Falú. No le pasa ni cerca.
En un mundo, al menos este en que vivo —Santiago del Estero —los libros son un objeto escaso que camina rumbo a su extinción definitiva. Puede ser que en algunos círculos especializados se siga leyendo. Del resto, muchos creen que la lectura sirve para saber que un paquete tiene harina cuatro ceros, cómo se llama el almacén de la esquina, a qué hora dice WhatsApp que vendrá un amigo. La pregunta que solía venir antaño, cuando dos conocidos se encontraban, después del saludo inicial, era: "Qué estás leyendo". Hoy es tan anacrónica como averiguarle dónde dejó el caballo.
Así las cosas, el oficio de escritor se cotizó enormemente. Es un tipo que hace una cosa dificilísima para ser apreciado por muy poca gente. Los que quedan en el candelero son los realmente muy buenos, los que puestos en el trabajo de combinar palabras no lo hacen muy bien, sino que son excepcionalmente buenos. En cada país hay unos cuantos que son buenísimos y por debajo de ellos media docena que, póngale, se desempeñan más o menos correctamente. El resto no existe, no tiene cómo sobrevivir en un orbe cultural que rechaza su arte.
Pero, últimamente, pienso que debo cambiar mi respuesta cuando me pregunten por mi oficio. Porque el periodismo también va camino a la extinción casi total. Ahora sólo diré que soy bloguero. Pero como sé que la mayoría de quienes abren esta notas no llegarán a esta línea, arguyendo que es un texto muy extenso, confieso que escribiré "desocupado". Y será la verdad.
Juan Manuel Aragón
A 6 de septiembre del 2026, en el barrio El Triángulo. Carpeteando el día.
Ramírez de Velasco®


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