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| Parque Nacional Calilegua. JMA |
La dejé sabiendo que otra ocuparía pronto su lugar, aunque ninguna borraría aquella fidelidad inolvidable
Fue lo mejor que me sucedió en la vida, elegante, siempre lista, me acompañó a todas partes y tuvimos experiencias memorables. Nunca se borrará de mi memoria la expedición que hicimos en motocicleta a los cerros jujeños, un periplo maravilloso y único. Bastaba que la tuviera entre mis manos, para que respondiera a mis exigencias, una por una, sin fallarme nunca. A cada rato hacíamos lo nuestro, luego ella volvía a su mundo y yo ponía cara de aquí no ha pasado nada.Fueron dos semanas recorriendo lugares plagados de paisajes increíbles. Estuvimos en el otro Jujuy, no en los pueblos pelados, puro cardón, piedra y silencio, sino en el de los cerros de Calilegua, con su bosque siempre verde, pájaros tropicales, monos, yaguaretés, arroyos cristalinos y un cielo azul profundo que entre los dos reflejamos de manera fiel, para quien quisiera volver a verlo como nosotros.Siempre he tenido miedo a las alturas y en algunos recodos de aquel camino que llevaba a un pueblito, San Francisco, perdido entre los montes, sentí de manera clara esa compulsión a tirarse barranca abajo, que es la esencia del vahído que lleva al vértigo: dos o tres veces me detuvo su presencia. Por ella sabía que había ido a algo más que a gozar de un viaje a ninguna parte.
Luego estuvo conmigo en otras ocasiones, algunas solemnes, otras distendidas. La gente decía que estábamos hechos el uno para el otro. Y de verdad en ese tiempo creí que no sobreviviría sin ella. He sido y sigo siendo alguien con muchas inseguridades y por eso suponía que quizás habría otros que la tratarían con más cuidado, que quizás supieran cómo tocar de una manera más certera, esa fibra íntima que la llevaba a ser más eficaz, para decirlo de una manera directa y cruda.
Un día supe que debíamos separarnos pues ya no satisfacía mis expectativas más profundas. Había otras dando vueltas por ahí y tuve el deseo de poseerlas también. Con nostalgia anticipada, durante un tiempo la seguí llevando a todas partes, aunque sabía que teníamos las horas contadas y que lo nuestro tendría un final, una fecha de caducidad. Estiré el momento lo más que pude y decidí dejarla para siempre.
Al final la dejé, me di cuenta de que la nueva era más versátil, se adaptaba mejor a mis requerimientos. Hasta que aprendí a tocarla como era debido pasó un tiempo. Pero al final empezamos a correr nuevas aventuras, quizás más vertiginosas.
Había dejado atrás el mundo analógico. Ahora viajaba con una Olympus digital.
Juan Manuel Aragón
A 31 de agosto del 2026, en La María. Contando los días.
Ramírez de Velasco®



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