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| "Doña Juanita", de Raúl Cisterna |
El comisario duerme la siesta, Solano afila un cuchillo y la vida sigue como si nada fuera a suceder, pero…
La cámara hace una toma que baja del aire y se acerca a una casa. Doña Juanita barre la vereda. Cuando vuelva su gente, andará atareada, dando las últimas puntadas al almuerzo que compartirá con el marido, estafetero del pueblo, y sus changos. Uno es aprendiz en la carpintería, el otro trabaja en la panadería. Todas las mañanas Alfonso Gómez les trae la leche recién ordeñada de sus vacas, mezclada con agua pura del aljibe para que a nadie le falte.En el destacamento la cerradura del calabozo está trabada. Hace años que no hay un preso. El comisario instaló un catre al lado de la ventana para echarse una siestita cada vez que puede. Nadie lo molesta, ni siquiera el agente Elías Salomón, el “Turco”, que a veces hace lo mismo cuando regresa tarde de visitar a la novia.Los vendedores se alojan en el Mónaco. Se cuenta que el viajante de anilinas Colibrí, hace mucho, llamó a la Central por teléfono. Uno que casualmente andaba cerca, le oyó decir que estaba perdido “en medio de la nada” y creyó que aludía al hotel. Desde entonces comisionistas, representantes, gerentes, supervisores, turistas y visitantes rasos de toda laya lo conocen como “El Medio de la Nada”.
Sofía, la chica que sirve las mesas, pasa en ocasiones, muy de noche, cuando el vecindario aquel duerme, de habitación en habitación consolando de su destierro a hombres que, cuando vuelvan dirán que no pasó mucho que digamos, allá lejos, en el desierto más profundo de Santiago.
La cámara ahora enfoca el negro bigote de Solano. Desde esta mañana afila, enojado, su mejor cuchillo de carnicero. Hoy va a matar al comisario que se tira de qué. De vez en cuando hace unos tiritos con Sofía. Después doña Juanita recordará que, de joven, Solano le arrastraba el ala, pero prefirió al viajante de Colibrí, cuando era la que limpiaba las habitaciones. Un día no vino más y al final se quedó con el estafetero.
Cuando todo pase, volverá don Alfonso a traer la leche, como siempre. Será en medio de la nada, donde pasó nomás lo que tenía que pasar. El viento norte cerrará las puertas de las casas y antes de los títulos, el camarógrafo apuntará a una nube que dirá “Fin”.
Juan Manuel Aragón
A 5 de septiembre del 2026, en La Mesada. Esperando el ómnibus.
Ramírez de Velasco®


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