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IDENTIDAD Papá, ¿qué eran los partidos?

Las pintadas que solían hacer los militantes

Recordación, a ojo nomás, de lo que solían ser las instituciones más elementales de la política argentina

En palabras simples, antiguamente en la Argentina los partidos políticos eran una entelequia que otorgaba identidad a ciertos pensamientos más o menos homogéneos de sus afiliados. Los principales eran el peronismo y el radicalismo, pero había otros, como la Unión de Centro Democrático, heredera directa de Nueva Fuerza e indirecta de sectores radicales, que propuso la fórmula de Julio Chamizo y Raúl Ondarts en las elecciones de 1973 y que, en Loreto, consagró un intendente, su único bastión electoral. También existía una cantidad no determinada de pensamientos de izquierda, divididos por sus ideas, por su historia o por su visión acerca del futuro.
Algunos renegaban del sistema de partidos, sin tener en cuenta que las adhesiones se lograban a fuerza de muchas lecturas, interminables conversaciones en los cafés, conferencias escuchadas en los comités, unidades básicas, casas del pueblo u otros foros, y la propia experiencia. La política llevaba además a cierta convivencia con gente de los otros partidos, lo que permitía entender su lógica, aunque no fuera compartida.
Las juventudes de los partidos políticos solían reunirse periódicamente para rejuvenecer las viejas ideas o debatirlas con otras juventudes e irse probando en el arte de la oratoria. También había elecciones internas, casi siempre de hacha y tiza, para dirimir quiénes serían las autoridades partidarias o para decidir los candidatos en las elecciones generales. Esas disputas servían para poner en orden las ideas de las mayorías y minorías de cada partido, pues los sectores perdedores solían conseguir puestos en las estructuras internas o acceder a alguna candidatura en las generales.
Se podía estar de acuerdo con las ideas de un partido u otro, tener más afinidad con peronistas, radicales, socialistas, izquierdistas o centristas, o incluso tener adhesión plena de todas las ideas de uno de ellos, tomándolas como bloque homogéneo para tranquilizar la inteligencia con un apego total.
En el escalón más bajo estaban casi siempre los jóvenes, encargados de hacer pintadas, repartir volantes, convencer indecisos, armar debates en los cafés, acompañar a los capitostes en sus salidas a los barrios y hasta hacerles de guardaespaldas, si las cosas se ponían bravas. Un poco más arriba figuraban los punteros de barrio, personajotes simpáticos que movían una cantidad indeterminada de gente, que los seguía porque hablaban su mismo idioma. Eran casi siempre caudillos solidarios que ponían muchas veces su dinero, sus influencias, su auto o su casa para causas nobles, y los vecinos les agradecían aceptando su sugerencia para votar a este o aquel político.
Un escalón más arriba estaba quien había conseguido algún cargo en el partido, congresal, convencional o similar: sabía que, llegado el momento, lo necesitarían para una votación crucial. Muchas veces también era puntero, lo que otorgaba un doble valor a sus acciones y a sus palabras.
Por encima de todos sobrevolaban los que estaban en la pomada, los que sabían que serían elegidos si se precisaba un candidato a concejal, diputado provincial o, palabras mayores, diputado o senador nacional. De manera lateral existían los llamados “cuadros”, militantes de cien batallas en los bravos tiempos de antes, que se habían codeado con los grandes próceres del propio partido y también con los de la contra, que tenían lecturas hechas y bien digeridas, lo suficiente como para que nadie les discutiera así nomás. Muchos habían soportado la cárcel, el exilio, la persecución, la erradicación de una cátedra o el desprecio de la contra, siempre perversa cuando estaba en el poder.
Más arriba figuraban los próceres, ganadores de alguna elección brava en el pasado o eternos y dignos perdedores, a los que acudían los propios y muchas veces también extraños, en busca de consejo o de palabras de aliento para seguir en la lucha. En lo más alto estaba la superestructura del poder, integrada por quienes tenían o habían tenido algún cargo electivo o habían sido legisladores. Se suponía que era el poder mismo y que desde su sillón de presidente del comité, de la unidad básica o de la casa del pueblo, digitaban el rumbo de las ideas o marcaban para dónde debían ir los votos en las legislaturas.
Por encima todavía estaba el poder tras el trono, ya fuera real o imaginario. Algunos militantes, en conversaciones en confianza, develaban misterios como determinadas votaciones en que un prócer se había desviado de las ideas partidarias, por su adhesión a alguna logia que no necesariamente era masónica. Muchas veces, sobre todo en provincias chicas, había explicaciones simples para grandes misterios, como amistades que venían desde tiempos inmemoriales, parentescos impensados, presiones sociales fortísimas o la propia esposa, que dirigía las votaciones de su marido, escoba en mano o desde la cocina.
Y, aunque no se crea, por encima de todo estaban los libros en los que los jóvenes abrevaban las primeras verdades de cada pensamiento. Por dar algunos pocos casos, el Yrigoyen de Manuel Gálvez en el caso de los radicales, que lo tomaban como Biblia, aunque fuera una historia bien escrita y mejor documentada, pero nada más. Los peronistas creían en La fuerza es el derecho de las bestias, de Juan Perón, en realidad, compendio más o menos aburrido de frases hechas. Y El Capital de Marx en el caso de los socialistas, libro dificilísimo que quizá sea, en sí mismo, una explicación de la escasez de votos que siempre cosecharon. Aunque claro, para ser un buen militante o simple simpatizante se necesitaba leer mucho.
Este escrito tiene como intención suscitar en los jóvenes, si lo leyeran o leyesen, la curiosidad por conocer un aspecto de la vida de sus padres y sus abuelos, y mostrarles que el interés por la política era, en general, fruto de una vocación pura, más allá de los lógicos errores y tropiezos que llevaba en sí misma. Si alguna virtud tuvo ese sistema fue que entrenaba a la juventud en el noble arte, ciencia y virtud de pensar en los demás en primer término y en no dejar de mirar en ningún momento las altas necesidades de la patria, fin último de todas sus aspiraciones.
Y desvelos, claro.
Juan Manuel Aragón
A 19 de enero del 2026, en La Escondida. Mandando un WhatsApp (guasapeando).
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc19 de enero de 2026 a las 7:27

    A los partidos políticos los han destruido desde adentro. El desencanto y la propaganda han hecho el resto.

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  2. Hemos convertido más por injerencia exterior que por capacidad propia los mecanismos de democracia cómo si fueran fines los métodos de lograr ascensos y descensos en las lógicas de convivir la vida nacional

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  3. Hoy todo ese andamiaje se ha trasladado a las universidades, desde que a alguien se le ocurrió la idea deponer a alumnos y profesores a hacer política en vez de enseñar y aprender una profesión. Con eso convirtieron a las universidades (que no son gratuitas) en comités pagados por los impuestos de la gente, donde se producen profesionales de limitada capacidad, o estudiantes crónicos, quienes dedican su tiempo a coquetear con los partidos para, conscientes de que sus limitaciones académicas y laborales, conseguir algún empleo o cargo en la administración, por militancia.
    Lo más temible para el ciudadano es que por ese camino algunos llegan hasta a presidentes del país.

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