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DESCUIDO La noche fuera de lugar

"La Piedad", de Raúl Cisterna

Una escapada clandestina parece bajo control, hasta que los detalles comienzan lentamente a complicar las cosa

Más tarde, esa mañana cuando enfilaban por la Libertad, tanteó algo raro con el pie izquierdo, justo cuando estaba por frenar en la curva. ¡Una sandalia!, ¡la Norma se la había olvidado!, ¡qué mala suerte!, ¿cómo explicar una sandalia en el auto?
A la madrugada, apenas entró al comedor se dio con que estaba de visita la suegra, Vieja odiosa, pensó. Habrán sido como las cuatro cuando se metió en la cama con la señora. Ella encendió la luz, miró la hora en el despertador y siguió durmiendo.
La noche había pasado rapidísimo con Norma, morocha de ensueño. Habían vivido unas horas en el infierno en un hotel cerca de la Costanera. Apenas se despertó, a las siete y media, ya en su casa, vio que su mujer no estaba en la cama. Se levantó y en el comedor madre e hija lo miraban enojadas como gatos en la perrera.
Tuvo ganas de volver el tiempo atrás. Pero su mujer se recompuso y con una sonrisa falsa le comunicó que lo estaban esperando para ir al cementerio.
–Bueno, vamos— dijo. Y se alegró, porque la visita a los muertos le daría el tiempo y la distancia necesarios como para inventar algo.
Pero ya en la Piedad la mujer le descerrajó un diluvio de insultos, uno tras otro. La suegra rengueaba, con un pie descalzo y su mujer lo puteaba de arriba a abajo. Nunca como esa mañana estuvo tan cerca del divorcio o de agarrar la 45 y pegarse un corchazo: le taladraban el cerebro, el cerebelo, el bulbo raquídeo. Después de aquel día la vieja no volvió a su casa por mucho tiempo.
Luego de doblar por la Pablo VI, cuando las dos se distrajeron mirando algo en el almacén de unos conocidos, se agachó, abrió la puerta de su lado y disimuladamente tiró el calzado al pavimento, una sandalia negra, brillosa, del treinta y siete.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó la mujer.
—Una piedra.
Una semana durmió afuera en el living. Luego, poco a poco, fue recomponiendo relaciones. Ahora, cuando vuelve de sus tunanteadas, siempre revisa el auto, bajo los asientos, sobre todo.
Ese domingo, cuando llegaron al cementerio, al ver que la vieja no se apeaba, se acercó a la puerta y preguntó amable.
—¿Qué le pasa, suegra?
—No hallo una de mis sandalias, me la he sacado para descansar un rato porque me apretaba— tanteaba con el pie la vieja.
—Ya veo que la va a hallar —pensó él.
En la curva de Pablo VI y Libertad, el chofer de la 12 ni siquiera vio esa cosa negra que brillaba en el pavimento y la pasó por encima. La sandalia quedó en el medio de la calle. Como habría dicho Osvaldo Soriano, triste, solitaria y final.
Juan Manuel Aragón
A 26 de agosto del 2026, en La Loma. Chupando mandarina.
Ramírez de Velasco®

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