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ACERO Cincuenta cuchillos y un solo amor

"Daga", de Raúl Cisterna

Haruto lanza afiladas dagas junto a Himari, hasta que una sospecha altera completamente su relación

Le voy a contar la historia que repite la misma muerte todos los días, en un imposible acto de venganza. Un día la bella Satō Himari se enamoró perdidamente de Suzuki Haruto, lanzador de cuchillos que llegó a su pueblo con un circo. Dos noches después de conocerse se largaron en el primer tren, decididos a recorrer el mundo. Vivieron un amor de mil ciudades y un millón de noches en hoteles de toda laya.
Era un espectáculo sencillo, ella con los brazos en cruz esperaba que él lanzara cincuenta cuchillos, dibujando su cuerpo con cada uno. Miles de espectadores abrieron la boca en cien países distintos, admirándose no solamente de la habilidad de Haruto para lanzar las afiladas dagas sino también por la sangre fría de Himari, que impávida y sin moverse un milímetro los veía llegar a la velocidad del viento y clavarse a milímetros de su cuerpo.
El tiempo comenzó su lenta lucha contra el amor, de tal manera que, allá donde llegaban, él demoraba en volver al hotel. Al principio decía que lidiaba con los empresarios por una mejor paga en el pueblo siguiente. Pero cuando se hizo evidente su desapego, ella empezó a sospechar que buscaba mujeres fáciles. Si usted les hubiera preguntado entonces qué estaba pasando, ella hubiera respondido que era víctima de sucesivos engaños. Él, en cambio, habría dicho que, justamente, al ser repetidos no llegaban a constituir ni uno solo. Eran solamente rostros difusos de mujeres pasando en noches de juerga.
Ninguno de los dos bebía: la frialdad del acero y la precisión en los lanzamientos los mantenía siempre sobrios. Cuando ella se dio cuenta de lo que sucedía, lo que más le dolió fue el hecho de que él gozara de sus escapadas completamente lúcido, sin excusas.
Una madrugada, cuando él volvía a su hotel apurado y oliéndose las solapas para saber si le quedaba algo de perfume femenino, observó que un hombre salía del cuarto del hotel que habían rentado. Una espina enorme bajó del Cielo y se incrustó en su corazón. Al llegar puso cara de nada, pero ella supo en seguida que él se había dado cuenta. El viejo cuento infinito de "yo sé que tú sabes y tú sabes que yo sé, pero te haces la de no saber que yo sé que tú sabes", empezó a ser realidad entre ellos, tendiendo un muro de frío silencio entre ambos.
Al día siguiente él mandó hacer carteles anunciando que habría una sorpresa nunca vista en el escenario. Esa vez ella subió más seria que de costumbre. En medio del silencio de la sala, lanzó el primer cuchillo que pasó junto a su oreja izquierda, el segundo fue a un milímetro de su cuello. El rostro de él era de furia contenida. Ella seguía quieta, los labios apretados, los ojos bien abiertos mirando la nada. Así pasaron diez, veinte, treinta cuchillos. El momento esperado se acercaba. Cuarenta lanzamientos, cuarenta y cinco. Cuando faltaban solamente dos, los tomó para besarlos amorosamente, en un ampuloso gesto teatral. Ella seguía impávida. En un lento movimiento puso sus manos por detrás, teniéndolos de la punta y los lanzó con furia. Ambos dieron en un lugar preciso, junto a sus pechos. Desde el público brotó un suspiro de alivio y entonces ella avanzó a saludar, con una enorme sonrisa triste pegada al rostro. Él la señaló y pidió un aplauso para premiar su valentía.
La venganza siguió durante las eternas noches que vinieron. Él lanzaba sus cuchillos con una exactitud vertiginosa mientras ella se mantenía quieta, esperando el día en que le perforarían el corazón.
Juan Manuel Aragón
El primero de septiembre del 2026, en El Zanjón. Esperando el 17.
Ramírez de Velasco®

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