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| Ilustración tomada del periódico |
La misa en latín puede ser instrumento para remediar el cisma: no con anatemas, sino con un gesto de tolerancia inteligente
Thomas Cerno
en Il Giornale
¿Y si estuviéramos presenciando un giro radical en la historia de la liturgia? El derrumbe de una idea errónea muy arraigada: que el latín es cosa de museo y el italiano (u otras lenguas nacionales) el camino principal hacia el futuro. Que la Misa "antigua" era para nostálgicos con manteles bordados y la Misa "actual" es para gente de verdad, con el Evangelio en el bolsillo y en sus zapatillas. Y, sin embargo, hoy la Iglesia se topa con una paradoja: el mero regreso de la Misa en latín y la posibilidad de recomponer la brecha con el universo lefebvriano podrían no ser un paso atrás, sino una llamada de atención.Porque el cisma de Lefebvre no fue solo una disputa litúrgica: fue un cortocircuito de autoridad, identidad y miedo al cambio. Las consagraciones episcopales de 1988 y las excomuniones permanecen como una señal: "Aquí algo se ha roto". Pero mientras tanto, el mundo ha cambiado más que el misal. En la época del Concilio Vaticano II, lo inaccesible se estaba trascendiendo: la gente quería comprender. Hoy, la gente vive entre códigos, acrónimos, fórmulas, memes: el misterio no asusta, atrae. ¿Y si el latín, en lugar de ser "abstruso", se convirtiera en cultura popular? Una lengua que no pertenece a nadie y, por lo tanto, paradójicamente, puede pertenecer a todos.
Muchos jóvenes no intentan "comprenderlo todo": buscan experimentar algo que aún no hayan asimilado. Una experiencia menos parecida a una reunión de vecinos y más a un verdadero ritual: pocos hablan, muchos escuchan; el significado emana del cuerpo, del ritmo, del silencio. El latín como vértigo: no porque se traduzca cada frase, sino porque se reconoce un lenguaje diferente e indómito.
Así pues, la cuestión político-eclesial actual es la siguiente: mientras algunos lefebvristas coquetean con la idea de romper definitivamente con Roma, principalmente por motivos doctrinales y no por motivos religiosos, ¿por qué no enviar una señal a quienes desean la Misa en latín y permanecen fieles al Papa? Eliminar las restricciones para los "leales" no sería una recompensa a la nostalgia, sino una inversión en la comunión. Y quién sabe, quizás, al ver a Roma menos cerrada, incluso a los rebeldes les resulte más difícil dar ese paso definitivo hacia el vacío.
La misa en latín no es el meollo del cisma.
Pero puede convertirse en la herramienta para enmendarlo: no con anatema, sino con un acto de tolerancia inteligente. La tradición como combustible, no como fetiche. Y quizás, por una vez, avanzar sin pedir permiso a nuestros propios prejuicios.
Ramírez de Velasco®


No soy el mas indicado para opinar, pero tratare de comprender.
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