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ALMAS Los bordes líquidos del alquitrán

Imagen ilustrativa

“No hay armisticio ni alto el fuego que valga, mientras en el sopor de las casas los hombres duermen con el sudor chorreando tibio por el cuello”

Deambulan a la sombra del anonimato que brinda la calzada hirviente, toman el fresco que se guarece bajo los altos postes de luz que más tarde amarillearán la noche. Sólo los ven quienes salen en ese intervalo del día que los extraños eligen para nombrarnos: pueblos en constante modorra, tranco corto y bondad sin límites de pobres corazones provincianos.
Se arrastran entre el humito que germina en los bordes líquidos del alquitrán que junta el pavimento. No hay quien registre sus evoluciones, la ciudad duerme su sopor de cuatrocientos cincuenta años y la yapa.
Caminan cuando la tarde ya no es tarde. La calle extraña casi todos los colectivos que descansan en sus garajes; para el norte y para el sur de la Belgrano no camina ni un alma entera. Los trabajadores de las estaciones de servicio suelen verlos pasar raudos. O se detienen frente a las vidrieras, a mirar sin verse.
Quienes ututean sueños, espíritus insomnes, saben que en ese momento el pago es lo más parecido al Infierno donde se queman las almas de los incrédulos y los pecadores. No hay purgatorio para ellos, sino la esquina de la Absalón y Pellegrini, Salta, entre Roca y Perú, las esquinas malevas del Ulluas o el barrio Vinalar adentro, salitrales sin tregua.
No existe vereda del lado de la sombra. No hay armisticio ni alto el fuego que valga, mientras en el sopor de las casas los hombres duermen con el sudor chorreando tibio por el cuello; las mujeres pasean desnudas de la cama a la heladera clamando por agua fresca; y los chicos juegan a las escondidas con el duende verde que ronda el letargo de los luminosos patios de Santiago.
Levante la mano el que los ha visto, aunque sea una vez en la vida. El que se animó a aguaitar al Chumillero en el borde de la ciudad sabrá lo que es un viaje al centro del sol, la soledad de un chofer manejando en medio del mar blanco de luz de la Francisco Viano, toalla al hombro. Las ventanillas abiertas dejando entrar el aire ardiente.
¡Siesta! Cuántos santiagueños deben su existencia a ese momento en que el calor se hace carne en sábanas mojadas de deseo.
Y un hombre y una mujer, presos del aburrimiento.
Juan Manuel Aragón
A 13 de febrero del 2026, en la Belgrano y Andes. Aguaitando el remís.
Ramírez de Velasco®

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