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LENGUA Cartografía del insulto

Profiriendo insultos

Recorrido por las formas de degradar al otro en el español cotidiano y sus variantes culturales, aceptadas o no

El insulto, cuando se acumula, deja de ser una palabra suelta y es respiración social. Entienda esta lista amigo, como un archivo desordenado de la percepción social. Una lengua acumula maneras de clasificar lo humano cuando es percibido como defectuoso, excesivo, inútil, repulsivo o simplemente absurdo. En ese repertorio conviven herencias del español peninsular, giros argentinos o rioplatenses, deformaciones fonéticas y creaciones sin normas. No es un sistema cerrado, sino un inventario expansivo y cada palabra es un juicio condensado. En este recorrido no hay jerarquía fija, pero sí regiones de sentido que agrupan formas distintas de degradación.
La primera región reúne los términos que señalan torpeza intelectual, falta de comprensión o incapacidad de razonar con claridad. Es el territorio de la inteligencia percibida como insuficiente. El lenguaje insiste en nombrar la confusión, la lentitud o la estupidez como rasgos persistentes del sujeto.
Abanto, alcornoque, alfeñique, berzotas, bobalicón, bocachancla, bocallanta, boquimuelle, botarate, cabezaalberca, cabezabuque, ceporro, cenutrio, cernícalo, chiquilicuatre, estulto, estúpido, fantoche, floro, gil, gilipollas, gilipuertas, idiota, imbécil, inútil, lelo, lerdo, majadero, melón, mendrugo, mentecato, mequetrefe, merluzo, mindundi, orate, palurdo, panoli, papanatas, pardillo, pasmarote, patán, pavitonto, payaso, pazguato, pelele, pelma, pelotudazo, pelotudo, pocasluces, pringado, subnormal, tarado, tarugo, tontaco, tontucio, zoquete, zote.
Otra se organiza alrededor de la inutilidad social, la marginalidad o la incapacidad de cumplir un papel reconocible en la convivencia. Aquí el insulto apunta a la posición en el mundo: aquello que no encaja, que estorba o que no produce valor alguno en la estructura social.
Abrazafarolas, andurriasmo, arrastracueros, atorrante, barrabás, barriobajero, bellaco, cafre, cagón, chupóptero, cierrabares, donnadie, energúmeno, fanfosquero, fulastre, ganapán, ganapio, gandul, gorrero, lamebotas, lameculos, lechuguino, mangarrán, mangurrián, mastuerzo, meapilas, metijaco, naco, otario, pagafantas, panarra, parguela, pelagatos, pelma, piltrafa, pringado, puto, putarraco, reputazo, sabandija, sotreta, tagarote, tunante, vendepatria, zángano, zascandil, zopenco, zote.
Existe también el registro de la degradación física o corporal. Aquí el lenguaje convierte el cuerpo en signo de suciedad, exceso o deterioro. Es un tipo de insulto que alude a lo sensorial: lo que resulta repulsivo, viscoso, enfermizo o desagradable.
Asqueroso, baboso, bebecharcos, bocachorro, cagarruta, caraculo, comebolsas, culiao, culero, gorrino, gorrumino, huelegateras, longanizas, muerdesartenes, ovejo, pelagambas, perrocostra, piojoso, pitañoso, putarraco, pulguiento, rastrapajo, sabandija, sanguijuela, zunga, zullenco.
Otro núcleo está formado por la corrupción moral o la conducta despreciable. Aquí el insulto no describe inteligencia ni función social, sino ética: traición, vileza, falsedad, agresión o perversión del vínculo con otros.
Bellaco, cabrón, cafre, concha de tu madre, cornudo, cretino, descerebrado, fariseo, gorrino, hereje, hijoeputa, malasangre, malasombra, malparido, mamón, mongólico, pollerudo, sanguijuela, sabandija, soplagaitas, soplanuca, tunante.
Y hay un conjunto que escapa a toda clasificación. El insulto es vuelve invención, deformación o exceso expresivo. El lenguaje más que describir produce efecto: su valor está en la rareza, el sonido o la exageración. Es un territorio donde la palabra se independiza del significado preciso.
Adufe, artabán, atarre, besugo, boludo, boludazo, boleta, brasas, buchón, cabestro, cachivache, calambuco, calamidad, caldúo, calientahielos, calzamonas, calzonudo, cansalmas, cantamañanas, capullo, caracaballo, caracartón, caraflema, carajaula, carajote, carapapa, carapijo, cazurro, cebollino, cenizo, chirimbaina, chupacables, chupasangre, chupóptero, coscolino, descangayado, descerebrado, desgarracalzas, dondiego, echacantos, ejarramantas, escolimoso, escornacabras, esbaratabailes, filimincias, foligoso, giraesquinas, guitarro, gurriato, habahelá, huevón, letrín, lichigo, lloramigas, loco, lumbreras, maganto, malasangre, mamarracho, mameluco, mamporrero, manegueta, matacandiles, melón, metemuertos, mongólico, morlaco, morroestufa, naco, orate, ovejo, pamplinas, papafrita, papirote, paquete, pasmasuegras, pataliebre, pavo, pecholata, pedorro, peinabombillas, peinaovejas, pelagallos, pelagambas, pelagatos, pelatigres, pelazarzas, peterete, petimetre, picapleitos, pichabrava, pichacorta, pillavispas, pintamonas, plomo, sacamuelas, sonajas, sonso, sosco, tiralevitas, tordo, weón, zamacuco, zambombo, zampabollos, zamugo, zurcefrenillos.
El insulto no es la basura indeseable del lenguaje, sino —digamos— un sistema paralelo de clasificación del mundo. Su lógica no es la definición sino la acumulación, y en esa acumulación el español despliega una capacidad notable: multiplica formas de desprecio sin necesidad de precisión técnica. Lo que se nombra aquí no es solo al otro degradado, sino también la manera en que una comunidad convierte el juicio social en materia verbal.
Eso.
Juan Manuel Aragón
Jueves 25 de junio del 2026, en Tío Nico. Comprando pastas frescas.
Ramírez de Velasco®

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