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TERMINAL Las empanadas del velorio

"Preparativos" de Raúl Cisterna

Lo dan por muerto, vuelven al campo y organizan el velorio, pero el hambre, el aroma y un gesto cambian todo sin aviso

Como última opción lo trajeron para hacerlo ver en una clínica. Ya había pasado por las manos de todas las culandreras del pago. Doña Audelina dijo que le había dado “un aire”; la Pancha diagnosticó que “le habían hecho el mal” y su cuñado Eduardo le recetó grasa de iguana. Cuando empeoró del todo, lo metieron en un auto para traerlo a Santiago.
Lo internaron y le hicieron análisis. Al día siguiente el médico les dijo que no había nada más que hacer, era terminal nomás. “No creo que pase de mañana”, anunció. En medio del llanterío que se armó, un pariente preguntó: “¿Como a qué hora, doctor?”. Dijo que calculaba que se cortaría a eso de las 6 de la tarde y que más les convenía llevarlo de nuevo al campo, así no tenían que trasladar el cuerpo, papeles, líos, todo eso, ¿ha visto? Volvieron con el pariente a cuestas, lo dejaron acostado en su pieza y empezaron con los preparativos del velorio.
Como al hombre le gustaban mucho las empanadas, mataron media docena de gallinas y compraron lo necesario para hacer una buena cantidad. Mientras unas mujeres amasaban otras cortaban la carne y los hombres salían a buscar leña para el horno, anís para convidar, café, azúcar, yerba, de todo. Cuando se muere uno, todo el mundo anda de aquí para allá. Calcule, va a ir gente de varias leguas a la redonda y hay que atenderla bien. Llegan las mujeres, bien compuestas. Por ahí se cuelan los upialos, que chupan más que ladrillo de segunda, los hablantines, los cuenteros. Las viejas sabían decir que, si va a pasar algo, lo mejor es estar preparado, no mostrar la hilacha, que sepan que uno es gente de bien, qué tanto.
El hombre agonizaba en un cuarto cerca de la cocina. Respiraba con un silbido feo en el pecho. A cada momento entraba una hija, un nieto a echarle un vistazo, pasarle la mano por la frente, preguntarle cómo se sentía.
Dese el alero de la casa, uno de los que estaba en la rueda del mate preguntó cómo iba. Parece que lo oyeron mal, no sé qué: La cuestión es que le contestaron que en un rato iba a estar listo el horno. Uno, Anastasio Melián, puestero de la finca de Ortega, comentó: "Lo hacen en el infierno al hombre".
No va a creer, pero un rato antes de la hora señalada, despertó de un sopor profundo, quizás con el aroma que llegaba del horno. A duras penas se enderezó en el colchón, apartó las sábanas y puso los pies en el suelo. Hizo varios intentos hasta que se puso de pie. Dio un paso hacia adelante, titubeó, no por indecisión sino porque se le estaba acabando la nafta. Se sostuvo del respaldo de la cama para no caer. No sé de dónde sacó fuerzas, pero enfiló para la cocina.
Daba trancos cortos, apoyado en la pared. Abrió la puerta. A dos interminables metros estaba la fuente repleta de las empanadas que tanto le gustaban, morochas, olorosas. Calculó tres o cuatro pasos sin ningún apoyo. Avanzó con más fuerza de voluntad que energía.
Justo estaba por agarrar una, cuando la hija mayor, que lo había visto, le pegó un chirlo en la mano: “Cuidadito con tocarlas, ¿no sabe que son para el velorio?”
Juan Manuel Aragón
Jueves 18 de junio del 2026, en Campo Rosso. Esperando la madrugada.
Ramírez de Velasco®

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