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Cuánto cuesta un alumno en la Argentina, de jardín a quinto año





Un alumno argentino cursa tres años de jardín de infantes, siete de primaria y cinco de secundaria: quince años de su vida concurrió a la escuela, de marzo a noviembre, durante cuatro o cinco horas. A sus 17 o 18 años, ha tenido, entre maestros, profesores y preceptores, unos 40 docentes que le impartieron clases de matemáticas, geografía, historia, artes plásticas, inglés y lengua, entre otras materias.
En estos tiempos en que todo se mide en monedas, quizás se podría calcular cuánto costó hacerlo aprobar todas las materias. Es cuestión de sumar lo que cobra anualmente cada maestro y dividirlo por la cantidad de compañeros que tuvo a lo largo de su aprendizaje. A eso habría que agregarle el material didáctico, el personal de la dirección, administrativos y ordenanzas. Si se le adicionan delantal, zapatillas, zapatos, carpetas, cuadernos, lápices, lapiceras, escuadras y demás, el gasto es más grande todavía.
Añadir, cómo no, el dinero que sus padres perdieron por no hacerlo trabajar desde niño con ellos. Es cierto que en la actualidad está mal visto que un chico trabaje por obligación, pero en muchas familias humildes, el hecho de enviarlo a la escuela, hace perder dinero a los padres, pues si lo llevaran a cartonear con ellos o a ayudarlos a recoger una cosecha, serían más productivos, en términos económicos.
Por otra parte, el Estado y la sociedad civil mantienen a una multitud de empleados en el ministerio y el consejo de educación, más el gasto que ocasionan en electricidad, papeles, vehículos, combustible, en fin, suma que también se debe agregar al gasto general de todos los alumnos de una provincia.
Un economista, lápiz en mano con la punta bien afilada, podría determinar cuánto costó, en pesos, en dólares o en cualquier otra unidad de medida, que cada alumno de la Argentina termine quinto año. Que es la educación obligatoria.
Y todo, pero todo, todo, todo, jardín, primaria secundaria, compañeros, maestros, notas, deberes para la casa, zapatillas de gimnasia, guardapolvos, lapiceras, cuadernos, clases preparadas por profesores conscientes de su deber, pruebas orales y escritas, boletines de clasificaciones, reuniones de padres, repito, todo ese gastro para que luego en el celular escriba ”aller”, “haller”, “hayer”. Jamás se les escapa un “ayer”.
©Juan Manuel Aragón

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