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MÚSICA Coó y El Negro el 20

Tan simpático como siempre


Instalado en la Tucumán, frente al mercado estaba Omar Emilio Antonio, el popular “Coo”, o el Guarachero, conocido por todos en Santiago del Estero y sus alrededores. Sin necesidad de presentación, obviamente, todos conocen al que, junto a Paulino es una parte intrínseca de la ciudad. Su esencia casi.
Ya no está más en el grupo Retúmbale con el que alcanzó el estrellato, ahora tiene un grupo propio, y su cuñado, que es su representante, le ha dicho que le conseguirá actuaciones en Buenos Aires.
— ¿Sabes volver a tu casa o te quedas a dormir en el centro?
—Ahora tengo mi casa, en el pasaje Alvear del barrio La Católica. Detrás de mi hermana Zamora me lo ha hecho una casa.
—Detrás de la casa de tu hermana, dirás.
—Ahá. Hasta aire acondicionado tengo.
De chico se iba de la casa y no volvía en mucho tiempo, dormía donde lo agarraba la noche, en cartones, al lado de los perros o de otros tan vagabundos como él. Sus hermanos lo buscaban para ir a la casa, pero no los acompañaba. A veces le tuvieron que mentir que su madre estaba enferma, para que la viera, aunque sea un rato.
Hasta que un día el grupo “Retúmbale”, de guarachas, lo incorporó como parte de su espectáculo. Y empezó a ver platita, se entusiasmó, volvió a su casa, hizo poner aire acondicionado en su cuarto, se dio a otra vida, de nuevo con la familia.
Una vez que volvían de actuar en Beltrán, se detuvieron en el boliche “Negro el 20”, que ya no existe más y en el que antaño se contrataban chicas a tanto la hora. Lo hicieron probar. Cuentan que al día siguiente volvió solo al tumbadero desde el barrio, más de una hora a pie, había quedado entusiasmado.
Parte de la ciudad

“Coó” es parte de una ciudad que dentro de poco ha de dejar de existir, pues quedará sumergida en las aguas de la modernidad, el cosmopolitismo y el apretujamiento, igual que otras grandes urbes. Endemientras llega ese tiempo, los santiagueños disfrutamos de su —digamos— arte y de vez en cuando nos detenemos a mirarlo un instante y seguimos viaje con el alma quizás más livianita.
©Juan Manuel Aragón

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