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ENGAÑO Cómo fue vendida la Casa de Gobierno

Casa de Gobierno de Santiago

Una historia verídica deja ver cómo un descuido casi sin importancia cambia todo de manera inesperada

Esto que voy a contar sucedió a mediados del año 94, cuando el gobernador de Santiago era Juan Schiaretti. Hasta hoy lo sabíamos muy pocas personas. Ahora usted también se anoticiará, ya han pasado más de treinta años, tiempo suficiente para que la anécdota se convierta en historia.
Bueno, le cuento.
Resulta que Salvito Ruiz no tenía trabajo. Ah, ¿no lo ubica? Vivía en el barrio El Triángulo, detrás del Batallón y había sido empleado de Vialidad, no sé qué macana se mandó y lo corrieron. Andaba, como quién dice, al salto por un bizcocho. Diga que la señora era empleada municipal, si no, en esa casa no hubieran tenido qué comer.
A veces le pedía unos pesos a la patrona y se iba a la pizzería las Cuartetas, pedía una porción y un potrillo de tinto. Nada del otro mundo, lo hacía mitad para tomar un vinito y mitad para matar el tiempo. También solía pasar un rato por la obra de la Casa de Gobierno, lo conocía al sereno y conversaban, de yapa pispeaba cómo iban los trabajos.
¿Ha visto cuando todo se va encadenando de tal forma que después, si saca una sola circunstancia de una historia, el resto no habría sucedido? En este caso fue un acto de dejadez, un olvido. Y vino al pelo, porque el día anterior se le había pinchado la rueda delantera de la bicicleta, de puro vago no la parchó. Esa tarde salió de a pie y no se puso el clásico broche en el pantalón para que no se le manche con la cadena, todo un detalle, ¿no?
En eso estaba, digo, conversando con el amigo de la obra, cuando llegaron unos turistas santafesinos. Andaban recorriendo los lugares que habían sido quemados hacía unos meses. No sé si recuerda, en diciembre del 93, una turba enloquecida prendió fuego a la sede de los tres poderes de Santiago e incendió también las casas de muchos políticos. Fue un caso muy conocido, salió en todos los diarios.
El caso es que los turistas andaban curioseando, y Salvito quedó en la puerta, porque el otro había ido a la esquina a comprar una gaseosa. Se presentó ante los turistas, un matrimonio con un chico de diez años, como el dueño de todo aquello. Y les contó que la estaban demoliendo por completo.
—Teníamos entendido que era provincial —le dijeron.
—Era, pero como la tienen que demoler me la vendieron por lo que vale el terreno.
—¿En serio lo dice?
—¿Tengo cara de mentiroso yo? —preguntó Salvito, muy serio, haciéndose el ofendido.
Los turistas le preguntaron a cuánto la había comprado y tiró cien mil dólares, calculando que no fuera ni una fortuna ni un precio regalado. A los otros les pareció baratísimo, no solamente por la cercanía con la plaza Libertad sino también porque era un precio ridículo para una manzana completa. Salvito les explicó que el mercado inmobiliario estaba deprimido, no había inversiones por el dólar barato, no sé qué.
—¿Ves? —le dijo la mujer— yo te dije que la ropa y la comida está muy accesible.
Ahí notó que eran personas finas, no cualquier cosa. Vestían pilcha cara. Hablaban bien, medían las palabras. El santafesino era dueño de María Antonia, un campo en el norte de Santa Fe.
En eso volvía el sereno de la obra y Salvito les dijo bien fuerte, para que el otro oyera:
—Aquí viene mi capataz, el señor Cirilo Saganías, encargado de la demolición.
Entonces el turista se convenció, al tiempo que se le encendía de codicia el rostro.
—¿No quiere vender el terrenito? —le preguntó, bajándole el precio.
—¡Nooo… mi amigo! ¿Cómo cree que me voy a desprender de semejante propiedad? —le subió la cotización.
El otro le preguntó qué haría cuando estuviera hecha la demolición de la Casa de Gobierno.
—La voy a vallar y después esperaré, no sé, veinte años, hasta que se valorice. O la dejaré para mis hijos —dijo.
El hombre le habló de invertir el dinero en el campo, hacerlo producir, dar trabajo a la gente. Salvito se mostró interesado. Quedaron en verse a la noche, en la pizzería Las Cuartetas, para seguir conversando. Cuando todos se fueron, Saganías, el sereno, se reía a las carcajadas.
Esa noche Salvito llegó temprano y con sus mejores pilchas a Las Cuartetas, habló con el dueño y le pidió que le fiara una pizza completa para comer con amigos. En una semana aseguró que le pagaría. Era buen cliente y le dijeron que sí. Cuando llegaron los gringos ya estaba instalado en una mesa. En la charla, el otro intentó convencerlo de que vendiera el terreno. Oiga, ese precio era una ganga. Y que sí, y que no. Al final les dijo que sí. Cuando el otro quiso pagar, el mozo le dijo:
—El señor ya ha abonado todo —y lo miró a Salvito.
Eso los convenció de que estaban hablando con un caballero, además, se notaba que era un tipo pudiente. Después fueron a tomar un café, ahora pagado por el otro y Salvito se comportó como un duque inglés.
Se vieron al día siguiente en el Grand Hotel. Se la hago corta. Salvito dijo que andaba mal de fondos y que necesitaba dinero para ordenar los papeles y venderlo, nada del otro mundo, sólo unos trámites.
—¿De cuánto hablamos?
—Con 10 mil dólares pago los impuestos, pero además tengo que conseguir la hijuela, porque se imaginará que le voy a hacer la venta con todos los papeles en regla. Más otros pequeños detalles en la Municipalidad...
El tipo no tenía tanto encima, así que fueron al Banco Nación y sacó todo en efectivo. A Salvito le temblaban las piernas. Quedaron en verse, en una semana, en la escribanía Lugones, de la Roca, pasando la 9 de Julio.
Esa noche en la casa de Salvito comieron asado. No le dijo a nadie de dónde había sacado la plata. Durante unos meses no se hizo ver por el centro. A la mañana agarraba la bicicleta y se iba a ver una penquita muy cariñosa que tenía en La Banda. ¿Saganías, pregunta? Al día siguiente le pidió al dueño que lo mandara a otra obra que tenían, no apareció más por la casa de Gobierno.
Los santafesinos llegaron puntuales a la escribanía, pero nadie conocía a Salvito. Esperaron hasta el mediodía y fueron a la policía a hacer la denuncia.
A la semana salió una noticia, un suelto en el Nuevo Diario, en el que decía que un hábil estafador había timado a unos turistas con el cuento del tío, pero no daban más detalles.
En el barrio cuentan que un año después Salvito vendió el Cine Renzi.
Juan Manuel Aragón
Lunes 15 de junio del 2026, en La Costosa. Tomando tinto.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cuanto suspensooooo, esos Salvitos parece que brotan de los árboles a veces qué no?

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