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| Ilustración tomada de internet |
"Nunca nos habíamos abrazado y darse la mano era cosa de gringos creídos, me había dicho de chico"
Nos quedamos un rato sin decir nada, y le pregunté:
—Qué tal el carro.
—¿El qué?
—El carro —repetí— qué tal anda.Me miró, quizás pensando la forma menos dura de responder. Después dijo que ya no se usaba el carro porque pasaba una camioneta tirando un acoplado o, directamente, el camión que llevaría a Buenos Aires la cebolla, el melón, la calabaza.Ah, dije. Me quedé callado. Se notaba que estaba incómodo en el aire acondicionado de la terminal nueva, primera vez que venía y nunca sabría si le gustaba o no, porque a mí por lo menos no me lo diría. No son curiosos, mejor dicho, no les gusta parecerlo. Se dan cuenta de todo, pero no hacen como nosotros, que abrimos grandes los ojos, nos sorprendemos y movemos la cabeza para aquí y para allá. Ellos no, observan callados, como si no estuvieran mirando para después, en el pago, contar lo que han visto.
Me preguntó cuándo iba a ir. Prontito nomás, le dije, como acordándome de la costumbre de allá, de hablar con diminutivos.
—¿Todos bien?
—Bien —me dijo.
Ahí me contó que la Vieja había tenido algunos problemas, el médico del pueblo le había recetado unas pastillas y ahora andaba mejorcito. No le averigüé por qué no me lo había dicho antes porque sabía la respuesta:
—Porque no has preguntado —me iba a decir.
Parado en el primer piso de la terminal miraba hacia el sur, a lo lejos, sin prestar atención a nada, los ojos traspapelados, quién sabe dónde. En una de esas estudiaba las nubes para saber si llovería en el camino, tal vez estuviera pensando cosas suyas nomás. Pregunté por la casa, por el galpón que tan bien recordaba, el calicanto celeste, alguna gente del pueblo. Todos bien, gracias.
Entonces advertí con alivio que llegaba su ómnibus. Ahí está, le señalé. Ahá, ahí está, repitió. Nunca nos habíamos abrazado y darse la mano era cosa de gringos creídos, me había dicho de chico. Menos que menos besarse entre hombres, un horror, costumbre de ciudad. Como si la ciudad fuera una moderna Babilonia, pecadora y funesta. Alcancé a mostrarme amistoso despidiéndome con una palmada cortita en la espalda.
Después subió al coche, acomodó la valija en el maletero y se sentó al lado de la ventanilla mirándome serio. Alcé la mano para despedirlo. Entreví sus dedos levantándose en un saludo tímido.
Quizás lagrimeaba.
Juan Manuel Aragón
Jueves 11 de junio del 2026, en Balcedo Santillán. Comprando frangollo.
Ramírez de Velasco®


Muy bueno Juan!
ResponderEliminarMuy linda estampa. Me trajo recuerdos de gente buena y sencilla que conozco y aprecio de nuestros pueblos.
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