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| El Concilio |
El 19 de junio del 325, en Nicea (actual Iznik, Turquía), se clausura el Primer Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino I
El 19 de junio del 325, en Nicea (actual Iznik, Turquía), se clausuró el Primer Concilio de Nicea, primer concilio ecuménico de la Iglesia Católica, convocado por el emperador Constantino I. Asistieron cerca de 300 obispos, que debatieron cuestiones teológicas cruciales, especialmente la naturaleza de Cristo frente a la herejía arriana. Se adoptó el Credo de Nicea, un símbolo que definió la fe cristiana ortodoxa, estableciendo la divinidad de Cristo y sentando bases doctrinales para la Iglesia.Convocado por Constantino I, el concilio buscaba unificar la doctrina cristiana en un imperio recién convertido. Celebrado entre mayo y junio del 325, reunió a obispos de todo el mundo cristiano, desde Hispania hasta Persia. La ciudad de Nicea, en Bitinia, fue elegida por su accesibilidad y su cercanía a Constantinopla.El principal desafío fue la controversia arriana. Arrio, presbítero de Alejandría, enseñaba que Cristo era una criatura creada por Dios, no divino por naturaleza. Esta postura dividía a la Iglesia, amenazando la unidad del Imperio. Los obispos, liderados por figuras como Atanasio de Alejandría, debatieron intensamente esta cuestión teológica.
Durante las sesiones, se examinaron textos bíblicos y argumentos filosóficos. La mayoría rechazó las ideas de Arrio, defendiendo que Cristo era consustancial con el Padre, es decir, de la misma sustancia divina. Esta postura, apoyada por Constantino, se convirtió en el núcleo del Credo de Nicea.
Además de la cuestión cristológica, el concilio abordó temas prácticos. Se estableció una fórmula para calcular la fecha de la Pascua, unificando su celebración en todo el cristianismo. También se promulgaron 20 cánones que regulaban la disciplina eclesiástica, como la ordenación de clérigos y la reconciliación de los lapsi, cristianos que habían renegado durante persecuciones.
La redacción del Credo fue un proceso colectivo. Los obispos, asesorados por teólogos, elaboraron un texto que resumía la fe apostólica. Este símbolo buscaba ser claro y preciso, rechazando ambigüedades que permitieran interpretaciones heréticas. El término “homoousios” (consustancial) resultó clave para afirmar la divinidad de Cristo.
El concilio también condenó formalmente a Arrio y sus seguidores. Sus escritos fueron quemados, y él fue exiliado. Esta decisión marcó un precedente para la autoridad de los concilios ecuménicos en la definición de la ortodoxia cristiana.
Constantino desempeñó un papel activo, no solo como convocante, sino también como mediador. Su interés era tanto religioso como político, buscando una Iglesia unida que fortaleciera su imperio. Aunque no votó, su influencia aseguró la adopción del Credo por la mayoría.
El 19 de junio del 325, los obispos firmaron el Credo, clausurando el concilio. Este texto se convirtió en una referencia fundamental para la doctrina cristiana, usado en liturgias y enseñanzas. Su impacto se extendió más allá de Nicea, moldeando la teología posterior.
El Primer Concilio de Nicea marcó un hito en la historia del cristianismo. Al definir la fe ortodoxa, resolvió disputas teológicas y fortaleció la unidad de la Iglesia bajo el respaldo imperial. El Credo de Nicea permanece como un pilar de la tradición cristiana.
Credo de Nicea (esta es la traducción más fiel al texto original, basada en fuentes históricas que se ha hallado):
Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado del Padre, unigénito, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todo fue hecho, lo que está en el cielo y en la tierra; quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió, se encarnó y se hizo hombre; padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Y en el Espíritu Santo. A los que dicen que hubo un tiempo en que no existía, que no era antes de ser engendrado, que fue creado de la nada o de otra sustancia o esencia, que el Hijo de Dios es creado, mutable o sujeto a cambio, la Iglesia católica y apostólica los anatematiza.
Juan Manuel Aragón
Ramírez de Velasco®



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