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| Verano |
Redefiníamos el cielo con nombres surgidos de un juego íntimo de imaginación compartida y silenciosa
El instante en que algo va a suceder, muchas veces es surcado por acontecimientos que lo presagian. Algunas noches jugábamos a poner nombres a estrellas que no conocíamos, casi todas. “Me gustaría ponerle ´Lobito´ a la que está arriba de la rama del algarrobo”, señalaba. Le decía que estaba bien, tenía mucha imaginación. Si por mí hubiera sido, le habría regalado todo el Cielo.—¿Es mío? —preguntaba.
— Para siempre jamás.¿Ha visto que el amor tiene otra dimensión, digamos más tremenda, cuando uno anda estrenando el mundo y la vida es un ancho camino sin final? Bueno, no he sido la excepción a la regla.
—¿Y aquella otra, de la punta del alero de la casa a la izquierda cómo le vas a poner?
Se quedaba callada un momento en el que adivinaba un fulgor inteligente en sus ojos y decía:
—Quiero que sea ´Tarzán´, me la imagino selvática.
La gracia era que al día siguiente no recordaríamos cómo se llamaba cada una y el juego comenzaría de nuevo. Durante ese estío miré el cielo a través de sus ojos claros y pensé que no había una chica en el mundo más linda que ella.
Creía que un amor tan perfecto no era posible, algo estaba haciendo mal para que, con ella, no sintiera calor ni frío ni la enorme soledad de después, la veía y flotaba a veinte centímetros del piso. Boca arriba en el patio de aquella casa que ya no existe, me preguntaba qué deseaba. Hubiera querido decirle que ansiaba envejecer con ella, pasar la vida contemplándola, pero le decía que sería astronauta para traerle piedras preciosas de los lugares del universo que visitaría, zafiros de la Luna, rubíes de Marte, gemas de todo tipo para guardar de recuerdo.
Una noche de marzo, mientras el verano huía de Santiago, me dijo que ya no le gustaba mirar el cielo todas las noches, que no sabía por qué, pero había perdido la gracia, que era como cuando dejó de tener las muñecas porque la aburrían. De todas maneras, le pedí que lo jugáramos por última vez. Acostados bajo el algarrobo, observé que las estrellas se comenzaban a apagar, una a una.
El amor no llegaría al invierno.
Juan Manuel Aragón
Domingo 14 de junio del 2026, en El Polear. Hojeando una revista
Ramírez de Velasco®


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