| Karen Ann Kinlan |
El 12 de junio de 1985 es sepultada Karen Kinlan, joven norteamericana cuyo caso abrió el debate sobre la eutanasia
El 12 de junio de 1985 fue sepultada Karen Ann Kinlan en Nueva Jersey, Estados Unidos. Fue la joven norteamericana cuyo caso abrió uno de los debates más intensos del siglo XX sobre el derecho a morir, los límites de la medicina y la interrupción de tratamientos extraordinarios. Había permanecido casi diez años en estado vegetativo irreversible luego de sufrir un colapso en una fiesta. Sus padres llevaron la disputa hasta la Corte Suprema de Nueva Jersey para desconectarla del respirador artificial, en un juicio histórico que modificó leyes, protocolos hospitalarios y discusiones éticas en numerosos países.Había nacido el 29 de marzo de 1954 en Scranton, Pensilvania. Poco después fue adoptada por Joseph y Julia Quinlan, matrimonio católico de origen irlandés que se instaló en Landing, pequeño pueblo del estado de Nueva Jersey. Cursó estudios secundarios en Roxbury High School y trabajó como secretaria. Medía poco más de un metro y medio, usaba anteojos y llevaba una vida considerada normal por sus familiares y amistades cercanas.La noche del 15 de abril de 1975 asistió a una reunión con amigos en Newton. Durante varias horas casi no había comido y consumió alcohol y tranquilizantes, según determinaron las investigaciones posteriores. De manera repentina perdió el conocimiento y dejó de respirar durante varios minutos. Fue trasladada de urgencia al hospital Newton Memorial. Consiguieron reanimarla, pero el daño cerebral causado por la falta de oxígeno resultó irreversible.
Estuvo conectada a un respirador mecánico mientras los especialistas evaluaban su situación. Nunca recuperó la conciencia. Los médicos describieron su cuadro como un “estado vegetativo persistente”, término poco difundido entonces. Conservaba algunos reflejos automáticos, abría ocasionalmente los ojos y tenía ciclos de sueño, pero no respondía a estímulos ni podía comunicarse. La alimentación comenzó a administrarse mediante sondas y la asistencia médica pasó a ser permanente.
Con el correr de los meses, Joseph Quinlan llegó a la conclusión de que su hija no habría querido continuar de esa manera. Solicitó entonces autorización para retirarle el respirador artificial y permitir que muriera naturalmente. Los médicos del hospital Saint Clare’s rechazaron el pedido por temor a enfrentar cargos penales. El conflicto pasó rápidamente de las salas médicas a los tribunales y captó la atención de periódicos y cadenas de televisión de Estados Unidos.
En 1976 la Corte Suprema de Nueva Jersey emitió un fallo revolucionario. Reconoció el derecho a la privacidad de la paciente y aceptó que los familiares, junto con un comité ético hospitalario, pudieran decidir la suspensión de tratamientos extraordinarios cuando no existieran posibilidades razonables de recuperación. Aquella resolución dio origen a la creación de numerosos comités de bioética en hospitales norteamericanos y comenzó a influir en futuras legislaciones sobre decisiones médicas al final de la vida.
El caso produjo discusiones religiosas, jurídicas y científicas. Sectores conservadores denunciaban que retirar el respirador equivalía a provocar una muerte deliberada, mientras otros grupos sostenían que mantener artificialmente funciones biológicas sin expectativa de conciencia implicaba prolongar el sufrimiento familiar y médico. La expresión “derecho a morir con dignidad” comenzó a instalarse en diarios, universidades y congresos internacionales.
Contra muchos pronósticos, sobrevivió luego de ser desconectada del respirador en mayo de 1976. Continuó respirando por sus propios medios y permaneció internada en un geriátrico católico. Durante casi nueve años recibió alimentación e hidratación artificiales. Pesaba menos de cuarenta kilos y sufría frecuentes infecciones respiratorias. Sus padres siguieron visitándola diariamente y evitaban entrevistas extensas pese al interés constante de la prensa internacional.
La situación inspiró libros, documentales y películas para televisión. También impulsó la redacción de los llamados “testamentos vitales”, documentos mediante los cuales una persona puede dejar instrucciones anticipadas sobre tratamientos médicos en situaciones irreversibles. Universidades de medicina incorporaron el expediente Quinlan en cursos de ética clínica y derecho sanitario. El Vaticano siguió atentamente las derivaciones judiciales debido a la enorme repercusión alcanzada por el proceso.
Murió el 11 de junio de 1985 por una neumonía agravada por su condición general. Tenía 31 años. El funeral se realizó al día siguiente en la iglesia católica de Santa Catalina de Siena, en Mountain Lakes, Nueva Jersey, ante familiares, vecinos y periodistas llegados desde distintos puntos del país. Fue enterrada en el cementerio Gate of Heaven, en East Hanover. Para entonces, el apellido Quinlan ya se había convertido en una referencia inevitable dentro de los debates mundiales sobre eutanasia, bioética y autonomía de los pacientes.
Ramírez de Velasco®

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