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LEYENDA No cuenten nada en el Cielo

El parque de tarde

Cuando San Pedro anduvo por Santiago recorrió templos, oyó chacareras y dejó secretos que nadie se anima a confesar

Dicen que un día que no tenía nada que hacer, San Pedro vino a Santiago. Al principio creyeron que era San Francisco Solano, porque tenía barba y usaba sandalias gastadas. Y él les avisó quién era. Lo llevaron para que conozca la ciudad, su gente, sus mujeres. Le mostraron cómo se acompaña una chacarera con el bombo y cómo era el zapateo bien cepilladito. Anduvo recorriendo los humildes templos del lugar. Se asombró porque justo hubo una crecida del Dulce, que trajo el agua hasta la Catedral. Visitó gente del centro y de las afueras, estuvo en el bello pueblo de Huaico Hondo, que entonces no tenía calles ni negocios y era un caserío disperso y conversó amablemente con los vecinos.
Calculan los memoriosos, que debe haber sido a principios del 1900 o quizás fines del siglo XIX, cuando ninguna casa llegaba a los dos pisos. La ciudad terminaba en lo que hoy se conoce como las cuatro avenidas, y sus calles eran de tierra. Los santiagueños tenían el sulky como mejor vehículo y los coches, que después se dijeron coches de plaza, servían sobre todo para los que llegaban en tren. Santiago era pujante, a pesar de lo que digan muchos, solo que el empuje tenía otros afanes. Nadie quería cambiar el televisor ni tener un auto más moderno ni comprar un aire acondicionado ni buscar quién le arregle la heladera, simplemente porque en ese caduco y maravilloso mundo no existían esos objetos.
Más que mostrarle Santiago, los santiagueños buscaban que San Pedro los conociera a ellos. No lo invitaron a mirar las luces de la noche, pretendían abrir su corazón para que viera quiénes eran en realidad y cómo vivían. Pero, a pesar de las alegrías de la chacarera y de los brillantes ojos de las mujeres cuando la bailaban, el santo notaba que había una cierta tristeza en la mirada de todos. Y quiso averiguar qué era, a ver si le daba una solución.
Una tarde, en lo de unas señoritas muy conocidas, con un apellido que continúa siendo de los más empingorotados de la comarca, ya en confianza, entre mate y mate, preguntó dónde iban los santiagueños cuando querían pecar en grande. Las chicas se hicieron las tontas. Pero el santo insistió, quería saber. Le dijeron que iban a cierta posada más allá de la calle Alsina, según lo que contaban, porque ellas nunca, faltaba más. También pecaban en el patio de atrás, cuando todos dormían y, por qué no, en los muchos terrenos baldíos que florecían por todas partes.
No lo va a creer, pero el visitante se apenó.
Las señoritas aquellas, cuyos descendientes siguen siendo importantes personajes en Santiago, dijeron luego: “Creíamos que nos tomaba por Sodoma y Gomorra”. Y quisieron pensar mal de él.
Lo que no sabían es que, como todos los santos, San Pedro era una persona divertida. Al contrario de lo que creen muchos, los santos se ríen al menos cien veces por día. No son como los pintan las estampitas ni se parecen a las estatuas con una aureola en la cabeza. Nada que ver amigo. Eran hombres de pelo en pecho y mujeres valientes también.
Y pensó que los santiagueños necesitaban un lugar hermoso para pecar como Dios manda, perdone la expresión. Entonces lo fue a ver al médico Antenor Álvarez y le sugirió:
—Debería proponer que se planten eucaliptos, diga que es por el paludismo.
Antes de mandarse a mudar al Cielo, volvió a la casa de las señoritas aquellas y les enseñó a hacer moroncitos, con harina de algarrobo y miel.
Esta es la verdadera historia del parque Aguirre. La que no hallará en ningún libro. El que quiera creer, ya sabe.
Hoy, cada vez que una pareja se empieza a besar en un banco, siempre hay una luz de amor que los acompaña. Si es una pareja legal, todo bien. Si no, no hay drama, San Pedro sabe que en el Cielo todo se termina arreglando.
Juan Manuel Aragón
A 10 de marzo del 2026, en San Javier. Visitando a Tito Jiménez.
Ramírez de Velasco®

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