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ESPANTO El Petiso del bajo

Ahora es un lugar cualquiera

Una sombra del Bajo de Sol de Mayo que sobrevivió al progreso y todavía inquieta a quienes cruzan de noche

Cuando el mundo era joven el espanto más conocido del pago sabía ser el Petiso del bajo de Sol de Mayo, cerca del Bobadal. Crecían altos quebrachos que acariciaban el techo de los camiones y hacían silbar el viento al raspar las ramas. Temor de grandes y chicos. Uno iba llegando y se ponía más fresco y húmedo, de un lado el rusal de los Hernández, del otro, el bosque umbrío, cerrado y solo.
Miguel Llodrá lo alcanzó a ver una vuelta, viniendo de allá, “un aleteo”, según contó, que casi lo volteó, taloneó el flete y salió a la vareada, según contaría más tarde, con los hombres solos, alrededor del fuego, en la casa de Matías. Dice que en una de esas se dio vuelta para ver si lo había perdido, y observó que lo llevaba en las ancas. Estaba nervioso, y no sabe de dónde sacó fuerzas para darle un empujón. El bicho se cayó del caballo dando chillidos. Alguien dijo que oyó esos gritos antes de la cena, pero no les dio importancia, le parecieron ladridos de zorro.
Unos días fue Cuquino, hijo de la Marciana Melián, que volvía, oración cerrada, quien también tuvo un encontronazo y a los días nomás le tocó a Luis Galván, pero él iba en bicicleta y también vio una cosa negra, dijo que era “asinita” y que se le abalanzó. Durante un buen tiempo los que, por alguna razón debían pasar por ese lugar, primero encomendaban su alma a Dios, se santiguaban o sacaban a relucir un crucifijo, un Rosario o rezaban directamente.
Demasiadas coincidencias o, para decirlo con palabras de ahora, todo cerraba.
Un ingeniero de Vialidad que pasaba, cuando se anotició del fenómeno, llegó, apagó el motor de la camioneta y anduvo un rato, de a pie, dando vueltas por los alrededores. Contaba que no le había sucedido nada. La comadre Marciana se persignaba al oírlo y luego calculó que el hombre era estudiante o algo. En aquella época, por si no lo sabe, un estudiante era uno que había conseguido libros para aprender esas cosas de los magos, los brujos.
Después desmontaron más allá de las cunetas para enripiar el camino, un sueño largamente acariciado por los viejos de aquel rincón perdido y a trasmano de la civilización. Empezaron a circular más motocicletas y si había una sombra, un bulto ya no tenía cómo alcanzarlas. Igual, todos cruzaban ligerito, por las dudas.
Al ensanchar más el nacional para hacer el pavimento, lo levantaron, edificaron dos puentes y todo. Pocos se acordaron después de los antiguos aparecidos. Donde se calculaba que estaba el nido del espanto, cavaron un pozo surgente, supuestamente para llevar más agua al pueblo. De yapa construyeron una pileta de natación en la que van a aprender a nadar. Imaginesé, ahora tienen agua de sobra en lo que antes era puro secadal y arenales de tierra.
Unos parientes jóvenes, dicen que algunas noches de luna se ponen de acuerdo y van al Bajo de Sol de Mayo con las novias. Gente joven, ignora los cuentos de antaño, no cree en viejas supersticiones.
Sin embargo, mi sobrino Alberto me contó por WhatsApp que, la otra noche estaban solos con su amorcito, haciendo cositas y antes de regresar, ella sintió que alguien le tocaba el trasero. Vieron que algo oscuro del tamaño de un niño, huía dando un alarido.
Dice que no va a ir nunca más. La novia le ha pedido que se casen, no vaya a ser cosa.
Juan Manuel Aragón
A 9
 de marzo del 2026, en Rincón del Carmen. Abrazao a un rencor.
Ramírez de Velasco®

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