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FLEQUILLO Todo estaba en la foto

"Selfie", acuarela de Raúl Cisterna

Cada detalle parece inocente hasta que la desaparición obliga a mirar la imagen de otra manera

Bajo el flequillo se adivina una niña simpática. El celular, en escorzo y en primer plano, la apunta directamente desde arriba. La moda es el picado con los detalles contra el piso. Los manuales de fotógrafos periodísticos solían indicar: las fotos tomadas desde arriba muestran a todos como pobres. Si la imagen es tomada desde abajo, el Cielo es el límite. Misma persona, distinta perspectiva.
Como si la humanidad hubiera aprendido de repente los límites de su pequeñez, las imágenes con el teléfono móvil se sacan siempre sosteniendo el aparato por encima del rostro. Detrás hay una pared descascarada, de ladrillos o bloques de cemento. Por ahí aparecen las chapas de un asentamiento precario. La pobreza vuelve desde el espejo con una cama, una heladera con imanes, una silla con ropa.
En un primer vistazo aparenta 18, 20 años, no mucho más. Pero tiene 14. De chica era la preferida de las tías: posaba dando la espalda, curvaba la cabeza mirando la cámara, una mano en la cintura, mostrando la cadera. Una verdadera modelo.
Desde entonces sueña con ser Zaira, Wanda, cualquiera. La madre, las vecinas, las amigas, naturalizaron el hecho de que sus ídolos de la televisión tuvieran un mes un novio y al siguiente otro, todos empresarios, polistas, tipos misteriosos, con historia, corridos.
No le gusta la escuela, repitió cuarto grado y con mucho esfuerzo llegó a primer año de la secundaria. Es la más grande del curso, la que sabe cosas que sus compañeras sólo sospechan. Mucho de lo que dice es inventado. Cuando comenzaron las clases se presentó con claritos en el cabello: quiere ser rubia. Las morenas no triunfan, la tele muestra el pelo amarillo como el que todas desean tener.
Los compañeros varones son unos estúpidos, tímidos, torpes. La observan desde lejos pero no se le acercan, le tienen miedo. Igual, sabe que les gusta, a veces cuando se da vuelta en el aula, siempre hay un grandote, sentado dos asientos más atrás, pendiente de ella. Una vez, cerca del baño, los pilló viendo fotos de mujeres desnudas en el celular de uno de ellos. Alcanzó a ver una imagen y se le grabó en los ojos. Después buscó por internet hasta que halló algo parecido. Le dio mucho asco y nunca más entró a esos sitios. Pero no pudo dejar de pensar. De noche tiene pesadillas.
A principios de año contó a las amigas que ya es una señorita. Ha dejado de ser una niña. Las otras la miran y la envidian, saben que tarde o temprano también les tocará. Les cuenta que hay chicos que le dicen cosas por la calle. Son más grandes, tienen 16, 17 años.
El otro día subió al colectivo para ir a lo de su tía y se había olvidado la tarjeta, el chofer, un muchacho lindo, pero muy grande, como de 25 o 30 años, le ha dicho que no importa, que viaje en el primer asiento, no se haga problema. Cuando subió el inspector, el chofer le hizo sólo un gesto con los ojos y no le pidió nada. Se sintió grande. Antes de bajar le dio un beso en la mejilla y le agradeció.
No le ha contado a nadie que Alfredo, el ex novio de la tía, de 23 años, le manda mensajitos al teléfono. Nada del otro mundo: "Estás linda", "Bebé", "Hermosa". El sábado Alfredo le ha dicho que quiere ir a bailar con ella. No sabe qué decirle. No le contesta. Pero ahí está vistiéndose. Cuando termina, desparrama el flequillo por la frente, se sube un poco la falda para que se le vean más las piernas, se toma una selfie y se la manda a él.
Cuatro días después, el celular es hallado en un baldío. Alfredo es uno de los que participó en las marchas pidiendo "aparición con vida".
Juan Manuel Aragón
Lunes 8 de junio del 2026, en la Dársena. Pegándome un chapuzón.
Ramírez de Velasco®

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