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| Ilustración nomás |
Descubren una profunda cercanía en sus voces antes de verse personalmente y enfrentar la realidad del encuentro
Una vez se le ligó la llamada. En esos tiempos sucedía: los cables del teléfono se mezclaban, uno marcaba un número y terminaba hablando con otra persona, o levantaba el tubo y encontraba a dos personas charlando en la línea. Omarcito ya no recuerda cuál de esas cosas le ocurrió aquella vez; la cuestión es que de repente se encontró hablando con una desconocida.Luego de más de dos horas con el tubo en la oreja, ella le pasó su número para volver a hablar otro día. Todavía se acordaba: 5945. Empezó a llamarla todos los días. Se pusieron de novios sin haberse visto nunca. "Algo así", aclaraba a los amigos, consciente de que era una situación al menos rara.Se comunicaban a la nochecita para contarse cómo les había ido durante el día. Llegaron a saber cosas profundas del otro, él decía que desde un primer instante tuvo la impresión de que se conocían de toda la vida. Por las dudas, no le dijo su nombre, ella sí, María del Pilar Fernández, hasta le contó de qué barrio era, cómo será la confianza que se tenían.
En esas larguísimas charlas descubrieron que jamás se habían visto y que no tenían amigos en común, eso que vivían en Santiago, una ciudad relativamente chica. El amor a la distancia seguía su cauce creciente.
Eran solteros, no estaban de novios y no debían guardar fidelidades matrimoniales, pero aun así ninguno contó a nadie de su amor telefónico. Esperaban el momento de llamarse con la ansiedad de quien está por encontrarse con la persona amada.
Terminaron peleándose y reconciliándose por teléfono. Por las tardes llegaba a la casa, se sentaba al lado del aparato, indeciso entre torcer su orgullo para no marcar su número, esperando al mismo tiempo que sonara para atenderla. Ella lo mismo, según contó él, mucho después de aquello. En esas conversaciones que duraban horas, se confiaron secretos que jamás repetirían a nadie en el mundo ni ebrios ni dormidos.
Ahora no recuerda quién fue el primero en proponer conocerse. Había sido tanto tiempo amándose sólo por las voces, que lo planearon durante varias semanas, quizás meses, calcula. Dudaron mucho antes de tomar la decisión: temían no gustarse físicamente.
Él había tomado la precaución de describirse como era en la realidad, de rostro no muy agradable, la nariz algo grande, aunque no tanto como para que le dijeran El Narigón, un abdomen crecido ma non troppo, cabello renegrido y de un metro 75, un tipo común y corriente. Ella dijo que no se veía muy bella, aunque sus amigas decían que sí lo era, el pelo largo, algo rubia y de figura cuidada, porque iba al gimnasio todos los días.
Se encontrarían en el viejo Trust Pastelero, en la primera mesa de la vereda yendo desde la Independencia, a las 7 de la tarde en punto. Ella iría con una amiga: de falda gris y camisa blanca. Ese día pasó en bicicleta y la vio, era una chica muy linda y se entusiasmó. Dejó su bicicleta en la otra esquina y fue caminando hacia el Trust. Cuando estaba llegando, la observó bien, pero en vez de detener sus pasos y presentarse, siguió de largo. No lo registraron.
Bastante más tarde le preguntaban por qué no se detuvo, daba una explicación romántica: le había parecido una buena chica, además era preciosa, con un rostro que rezumaba algo angelical y pensó que no tenía derecho a arruinarle la vida.
Pero a los íntimos les dio otra versión, no tan sensible. Confesó que la amiga le había gustado más.
Juan Manuel Aragón
A 20 de julio del 2026, en casa de Noriega. Viendo el partido.
Ramírez de Velasco®


A quien se le ocurre ir a una primera cita con una amiga.
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