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HUELLAS El guayacán ya no estaba

"Camino", de Raúl Cisterna

Cuando la memoria deja de coincidir con el camino, hasta el pago conocido se vuelve ajeno

Esa tarde salí a buscar ají, el bosque estaba nublado, agarré por una huella medio cerrada. Iba despacito, ¿no?, como quien no quiere la cosa. Silbaba canciones que sabían sonar antes en la radio, cosas de Los Fronterizos, del Chango Nieto. Me iba acordando de algunos de la ciudad, que al mistol le dicen “mishtol”, creyendo que es palabra quichua. Iba pensando en mi vida, porque una caminata, aunque sea buscando ají putaparió, el que le dicen "mala palabra", también es una experiencia peripatética.
Y de repente, sin darme cuenta, me perdí. El sol no aparecía por ninguna parte: no había cómo hallar el norte. Estaba desorientado en lugares por los que había andado ochocientos trillones de veces. Sin rumbo. Uno por ahí cambia el punto de vista desde el que habitualmente ve un lugar y cree que está en otra parte. El paisaje seguía siendo el mismo, pero había dejado de reconocerlo. Bueno, algo así me sucedió esa vez. No sabía para qué lado agarrar ni me ubicaba dónde —más o menos— quedaba la casa ni el pueblo ni nada de nada.
¡Perdido!
Decidí que lo mejor era tomar cualquier dirección hasta hallar algún camino reconocible, llegar a una casa. Anduve como quince minutos, con mi bolsito con plantitas de ají y me di cuenta de que ya había pasado dos veces por el mismo lugar. Qué sensación horrible, che. Entonces me di vuelta, tomé hacia lo que creí que era el norte y me puse a caminar firme. Pensaba “a alguna parte voy a llegar”. De repente me topé con una huella de sulkys. Hacía mucho que no se usaba, ya era casi monte cerrado. Dudé para dónde agarrar. Seguí una corazonada y tomé para la izquierda, creí que para ahí era la casa.
Le cuento, después me percaté de que debo haber andado mil veces por ese camino, pero ese día me pareció desconocido, como si estuviera en otro pago. Al pasar una curva me decía “ahora hay un guayacán grande al costado” y no había. Hasta que oí ladrar un perro y voces lejanas.
En un recodo del camino me di con que había llegado a Chuña Soltero. Llegué en medio de un alboroto de perros malevos, golpeé las manos, me recibieron, pedí agua, me senté un rato y puse cara de “venía hasta aquí y ahora me vuelvo”.
Para que no dijeran que un paisano grande andaba extraviado, les pedí que me prestaran un lazo torcido, que le decimos chileno, porque al día siguiente tenía que enlazar unos terneros.
Agradecí el préstamo y regresé por donde había llegado.
Caminaba firme, ahora sí, conociendo.
Juan Manuel Aragón
A 6 de julio del 2026, en El Cruce. Esperando el semáforo.
Ramírez de Velasco®



Comentarios

  1. otras épocas. De la conscripción, por ejemplo. Si hay algo que valoro de esa experiencia fue el entrenamiento en orientación y combate en el monte. Con ese aprendizaje es casi imposible perderse en el monte santiagueño.
    Me acuerdo de buscar ají del monte, siempre está cerca del poleo, que es más fácil de distinguir. Así que uno termina buscando poleo para encontrar ají.
    Sobre el cambio del paisaje, recuerdo haber regresado después de 30 años a algunos sitios donde trabajé con obras viales. Un día me fui hasta los bañados del dulce, entrando hacia mar chiquita, donde hicimos unos puentes.
    Podía ir anticipando cada curva del camino de tierra, cada alambrada, cada salitral y cada "pegadero" de barro. Todo estaba igual en la zona, sin pavimento, sin electricidad, sin producción, y sin servicios después de mas de 30 años, mientras que en la ciudad había ahora terminal nueva, estadio nuevo, tren nuevo, centro de conferencias nuevo, y un montón de edificios de administración pública nuevos

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