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TERMINAL Tac, tac, tac

"Misterio", óleo de Raúl Cisterna

Historia de un aparecido en la Terminal de La Banda que nadie volvió a ver: todo un misterio che

A eso las tres de la mañana apareció un caballo en la terminal de ómnibus de La Banda. Nadie supo de dónde había salido. No tenía marca, ni apero, ni un lazo colgando. Era oscuro y grandote. Se quedó quieto en la plataforma cuatro, bajo el tubo fluorescente que chispeaba una luz mortecina.
El primero en verlo fue el Turco Farías. Tomaba mate cocido en la misma jarra enlozada de hacía veinte años, cuando comenzó a laburar de sereno, y distinguió la sombra inmóvil. Pensó que estaba soñando. Después creyó que era un perro. Pero no, era un caballo.
—¿De dónde has salido, hermano? —le preguntó el Turco.
El caballo no le contestó.
La terminal estaba vacía. El Chevalier de Buenos Aires recién llegaría a las cinco y media. Afuera, la ciudad dormía, de San Ramón a la Curva de Trujillo. El Turco buscó un balde y le puso agua. El animal la tomó despacio.
A las cuatro apareció el Juan Carlos Carrizo, que le decían el Gordo, chofer jubilado, uno de esos que ya no tienen trabajo, pero siguen levantándose temprano porque no saben hacer otra cosa. Entró rengueando, sobretodo viejo y radio pegada a la oreja.
Cuando vio el caballo se quedó duro.
—Lo conozco —dijo.
El Turco largó una carcajada.
—Claro. Y yo soy Napoleón.
Pero el Gordo no se rió.
Se acercó despacio.
—Es el caballo del comisario Ibáñez —murmuró.
El Turco dejó de sonreír.
El comisario Ibáñez había muerto hacía quince años. Desparramo cerebral, dijo la médica, o eso oyeron los vecinos. Lo hallaron una madrugada en la ruta 11, cerca de Clodomira, en una camioneta, al costado del camino. Desde entonces nadie habló mucho de él. En Santiago las historias no terminan: se dejan de comentar.
—No hables macanas —gruñó el Turco.
—Te digo que es el caballo.
Y quizá por el frío o por la hora o por algo que traía la lluvia, el Turco empezó a inquietarse. El Gordo contó que Ibáñez lo cuidaba más que a la mujer. Andaba por todos lados, montado como policía de película antigua. Cuando se machaba, el caballo lo llevaba solo a la casa.
—¿Cómo ha llegado? —preguntó el Turco.
Carrizo no sabía. La radio portátil soltó una zamba llena de frituras.
A las cinco menos cuarto el caballo empezó a caminar. No trotaba. Avanzó tranqueando lento, golpeando las baldosas con un ruido hueco que resonaba en la terminal vacía.
Tac.
Tac.
Tac.
Se paró frente a los baños cerrados.
Y quedó inmóvil.
Los hombres sintieron un escalofrío. Ninguno quiso ir.
—Ni en pedo voy —dijo el Turco.
Pero el otro fue y empujó la puerta. Adentro olía, como todos los baños públicos de Santiago a humedad, ishpa, lavandina y caños viejos. Las luces parpadeaban. El caballo seguía mirando hacia adentro, parado como una estatua. Entonces el Gordo lanzó un grito.
El Turco entró corriendo. En el último cubículo, frente a los mingitorios, había un hombre tirado en el piso. Flaco, barba de varios días, la ropa empapada. No se acercaron a ver si respiraba.
La ambulancia llegó a los veinte minutos. Dijeron que era un vagabundo que había sufrido un ataque de frío y había muerto antes del amanecer.
Cuando los enfermeros se lo llevaron, el Turco salió a buscar al caballo. Ya no estaba por ninguna parte. Desaparecido.
A Carrizo le temblaba el cuerpo.
—Yo lo conocía.
El Turco no respondió.
Ninguno de los protagonistas vive ya, pero siguen contando la historia a los pasajeros nocturnos. Siempre cambia un detalle. A veces el caballo es blanco. Otras veces negro. O tiene manchas en el lomo. Pero el final sigue siendo el mismo. Decían que, antes de desaparecer, el animal había vuelto la cabeza hacia ellos.
Sonreía.
Si no cree, vaya a la Terminal de La Banda a la noche y pregunte.
Va a ver que no le miento.
Juan Manuel Aragón
Lunes 31 de mayo del 2026, en el Tenemelo. Sacándola a bailar.
Ramírez de Velasco®

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