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CIRCUSTANCIAS Ah, las efusiones del amor

"Beso" de Raúl Cisterna

Menos el hombre, todos los animales respetan un lugar, un momento y alguna circunstancia para dar rienda suelta al deseo

Lo bueno de las efusiones del amor entre la gente es que, justamente, se pueden dar en todo tiempo, en todo lugar, bajo cualquier circunstancia. El hombre y la mujer no aguardan que se dé el momento, que todo esté preparado o que ocurra esto o aquello para hacerlo. Las ballenas francas australes empiezan a llegar a la Península Valdés en mayo y se entregan a sus juegos amorosos hasta septiembre y octubre. Las hembras aprovechan para parir sus crías, porque la gestación les lleva un año. Las vacas, según dicen en el campo, se empiezan a alegrar unos veinte días después de tener terneros y los toros aprovechan para tener su momento, digamos. Y así casi todos los animales. Menos el hombre.
Será una deformación de la mente o una bendición de Dios, pero a nosotros nos gusta hacerlo de enero a enero, o veinticuatro por siete, como les gusta decir ahora. En días feriados, laborables o fiestas de guardar, durante las cuatro estaciones del año, en plena madrugada cuando los vecinos duermen o en el sopor de la siesta, antes o después de cada comida, en el silencio de un primero de año a las nueve de la mañana o a la hora de los pitos. Cualquier tiempo y cualquier hora le son propicios para darse a los dulces rebosamientos del amor.
Los lugares más adecuados son, ¡puf!, todos los que hay en el redondo mundo, y sobre él y debajo también. Si hay una cama, mejor. Pero si no, todo vale: las escaleras del edificio, la barandita de la puerta del vecino, el tualé de un avión intercontinental, el baldío de la otra cuadra, la habitación de los padres de ella, detrás del cerco, haciendo equilibrio en la motocicleta, en un bosque oscuro, a plena luz del día en una plaza o contra el paraíso del patio de la tía. Cualquier sitio es bueno, con algo de imaginación y muchas ganas. También bajo las estrellas en el parque Aguirre, a plena luz del sol en una playita del río, hora i´siesta, hora i´mate.
Es decir, cualquiera de los 86.400 segundos de un día cualquiera, de este mes o de los próximos, sirve para comenzar la actividad más divertida que ha ideado Dios para que el hombre sea más hombre y la mujer más mujer.
Ah, y la circunstancia. Justo si ella llegó cuando usted se estaba cambiando, amigo, y una cosa llevó a la otra. Después de besarla accidentalmente en la boca, cuando quería hacerlo en la mejilla, pero, bueno, esa confusión los hizo confundirse más. La noche de bodas, rodeada antiguamente de una pila enorme de cuentos de tías y tíos que la volvían un mundo tenebroso y oscuro, una revelación maravillosa o solamente una vez más. Luego de aquel primer beso o después de la enésima caricia apasionada de un novio urgido de deseo.
El hombre es el único animal que no necesita olores, excusas, temperaturas ni estaciones para darse al dulce placer de intentar la reproducción. Si hubiera reencarnación, pida no ser ballena, toro, hormiga, lombriz, piojo o araña rastrojera; pídale a Diosito que lo haga de nuevo hombre o mujer. Y tener muchas ganas de vivir y ser otro en los hijos.
El amor sexual —y el sexo sin amor también— hacen muy entretenida la vida. Junto a los hijos, vuelven tolerable la idea de que uno de estos días nos vamos a morir. Eso hará que la vida no sea eso nomás. Sino algo mucho mejor.
Juan Manuel Aragón
A 10 de julio del 2026, en Los Romano. Tirando la taba.
Ramírez de Velasco®

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