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CHICAS La hija vegana

Las chicas y el té

"Por si fuera poco, había dejado al novio, un muchacho muy bien, y andaba metida con unos hippies, haciendo artesanías"

Al principio todo bien la Tere, ¿ha visto? Se reunían una vez al mes, tomaban el té, comían masitas, pasaban chismes. Les decía "las chicas", pero pasaban largamente los 40. Y se reía. Eran conocidas desde la escuela secundaria y, aunque había habido varias bajas en el grupo, siempre incorporaban a otras. Se divertía. Comentaba a los hijos que volvía renovada.
Hasta que, un buen día, a la Clarita la hija le vino con el asunto del veganismo. Qué horror, comentaban las otras cuando se topaban por la calle. Según contaba la madre, ya no se bañaba. Por si fuera poco, había dejado al novio, un muchacho muy bien, y andaba metida con unos hippies, haciendo artesanías, tirada en el suelo, en las plazas, fumando yuyos raros.
En una conversación la Clarita dijo que en esos encuentros comían muchos "ultraprocesados". Tuvo que explicar que eran alimentos que habían pasado por varios pasos, transformándose en algo muy distinto. No hacen bien, aclaró por las dudas. Las demás quedaron calladas: entendían que a veces las madres quieren acompañar a los hijos, sobre todo cuando salen con ideas extrañas.
Dos o tres reuniones más tarde Clarita propuso que después del té no sirvieran gaseosas, por el exceso de azúcar. Anunció que para la próxima llevaría jugos exprimidos. Al tiempo sostuvo que las masitas tenían grasa. "Llevemos bizcochitos salados nomás", dijo esa vez. Como era una amiga buena, dulce y cariñosa, no la quisieron perder. Le hicieron caso.
Con el correr del tiempo se fue volviendo cada vez más pesada, no dejaba pasar oportunidad sin hablar de la filosofía naturista, el karma, el yoga y otras teorías mal aprendidas por la hija y peor digeridas por ella. Las empezó a hartar un poco.
Un mes le tocó organizar la merienda en su casa. Dijo que tomarían una infusión de plantas que recolectaba la hija en sus viajes al campo. Y que ellas llevaran el resto. Les recomendó, eso sí, que todo fuera sin gluten, sin azúcar, y mínimamente procesados. Un montón de especificaciones. Cuando estaba por llegar el día, las amigas cruzaban mensajes, indignadas, por el celular. "Qué se ha creído", "por qué no se da cuenta de que la otra es una descerebrada", "algo tenemos que hacer", "ha dicho infusión, debe ser algo horrible", cosas así.
La Tere fue la más práctica de todas, no dijo nada. Y ese día, apenas llegó, sacó de la cartera el diario "El Liberal". Las otras la miraron.
—Es lo único que hallé sin gluten —dijo seria.
Después peló un táper con masas, lo puso en el centro de la mesa y continuó:
—Ustedes disculpen, pero vengo a tomar un té como la gente, soy una señora mayor, gorda y a esta altura de la suaré no voy a cambiar.
Juan Manuel Aragón
Martes 23 de junio del 2026, en Rincón Grande. Viendo pasar el ómnibus.
Ramírez de Velasco®

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