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OBSECUENCIA Con la renuncia firmada

"El viejo caudillo", acuarela de Raúl Cisterna

Aliados fervorosos abandonaron el juarismo dejando expuestas miserias, temores, acomodos y silencios incómodos


Un caso muy recordado por los viejos santiagueños es el de los diputados provinciales que asumían, pero ya habían renunciado sin fecha. Si no fuera porque escándalos parecidos de sumisión se sucedían a diario en los gobiernos de Carlos Arturo Juárez, sus actores clasificarían cómodos al mundial de la alcahuetería política.
Hay que aclarar para los extraños, que los de Juárez fueron gobiernos muy populares en Santiago de Estero. Venía de ser gobernador tres veces, la primera en 1949 con Perón apoyándolo, la segunda fue en 1973, enfrentado con Perón, cuyo candidato terminó compitiendo sin las siglas del Partido Justicialista, retenidas por Juárez. Y la tercera en 1983, con Perón muerto.
Repetía los atributos de los viejos caudillos de entonces, a saber: culto a la personalidad, persecución a la oposición, idolatría popular hacia su señora. Y férreo control sobre sus funcionarios y el partido. Hubo ministros de su gobierno que, cuando dejaron su cargo, fueron despedidos por una lluvia de carterazos, golpes y escupitajos, propinados por fanáticas de la que era llamada "su señora esposa".
El caso es que, en 1987, por mor de que la Constitución no habilitaba al gobernador a un segundo mandato, hubo de entregar el poder a un sucesor, César Eusebio Iturre. Como suele suceder, el heredero del poder no quiso compartirlo. Y en febrero de 1988, luego de algunos escarceos, se pelearon. Para empezar, corrió a la esposa de Juárez, Mercedes Marina Aragonés.
Muchos diputados cruzaron el río al instante.
Los santiagueños, sobre todo cuando son elegidos en puestos de relativo poder, suelen ser buenos olfateadores y captan, antes que nadie, hacia dónde empieza a soplar el viento. Luego de haber sido los más grandes obsecuentes de Juárez, empezaron a decir que era esto, aquello, lo de más allá. Los santiagueños que vivieron esos tiempos recuerdan que el más fervoroso de todos había sido Iturre.
*
Catiteaba cada vez que el viejo hablaba. También quienes habían sido electos diputados. Sin embargo, un pequeño inconveniente les nublaba el horizonte: Juárez les había hecho firmar la renuncia anticipadamente, dejando un lugar para agregar la fecha.
Usted dirá que algo así no puede pedir uno a quien llamaban "nuestro querido líder y conductor". Pero lo pidió.
Es posible que sostenga que ningún buen ciudadano aceptaría firmar semejante papel. Aceptaron.
Hay que decirlo, dos o tres diputados y concejales cambiaron de camiseta felices: quizás nunca habían sido juaristas y sólo fingieron lealtad incondicional para ser elegidos. El resto, según se decía en los corrillos, cobró suculentas sumas de dinero. Hubo quienes aseguraron haber llevado ese dinero en efectivo, pero al ser finados ya, no aportarán su testimonio.
Quedaba todavía solucionar el problemita de las renuncias. Se sabe, la mejor manera de ocultar un problema, a veces, es ventilarlo a los cuatro vientos. Y es lo que hicieron los legisladores: se mostraron indignados de antemano, ante la posibilidad de que una sola saliera a la luz. Ya sea por cálculo o por vergüenza ajena, el viejo caudillo jamás presentó aquellos infames papeles.
El caso es que unos cinco años después, en las elecciones de 1995, no solamente los señores representantes del pueblo, sino también la mayoría de los concejales, intendentes, dirigentes de toda laya y simples simpatizantes que habían puteado —literalmente— a Juárez, se le volvieron a prender del saco. Es decir, volvieron a ser juaristas de la primera hora.
Mucho antes de que muriera, ya eran fanáticos de las nuevas autoridades de la provincia. Pero es otra historia.

*
Catitear. Dícese del movimiento que hacen las catitas (Myiopsitta monachus) con la cabeza para arriba y para abajo, como asintiendo.
Juan Manuel Aragón
Miércoles 3 de junio del 2026, en Rivadavia norte 550. Esperando algo.
Ramírez de Velasco®

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