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| "Romería" acuarela de Raúl Cisterna |
Cuadreras, taba, baños improvisados y devoción errante transformaban un caserío en una celebración desbordada
Tenía fama de santón antiguo. Una vez al año se despertaba de un letargo de meditación y éxtasis, para pronunciar palabras que quedarían en la memoria de la gente hasta el año siguiente. De lugares lejanos iban paisanos a oír algo que suponían mágico, curativo, prodigioso. Creían que tenía inscrita la sabiduría de los años y la enjundia sencilla del hombre de campo.“Una vez que lo oyes, no vuelves a ser el mismo”, era la frase a flor de labios, cuando alguien preguntaba qué esperaban que dijera. Si usté consultaba qué había sucedido el año pasado o el anterior o hace una década, todos llevaban en la memoria algo distinto, como “habló del amor entre los hombres de todas las razas” o “se acordó del respeto debido a los abuelos”.En los alrededores se formaba una romería enorme, como la recordación del día de un santo pagano, de los tantos que hay desperdigados en nuestro suelo. Una semana antes llegaban vendedores de estampas, cadenitas, medallas conmemorativas y otras chafalonías, organizadores de lotería de cartones, de tire y pegue, juegos de puntería con riflecitos de aire comprimido con la mira desviada, taba, dados, truco, tute, cuadreras, un reducido de fútbol, boliches de chupandina, cerveza caliente y vino raspante y una tienda de campaña de la que, de vez en cuando emergía un paisano satisfecho luego de haber pasado un grato momento con una señorita de cincha floja. Nada del otro mundo en las fiestas diz que religiosas —digamos— de Santiago.
El caserío aquel hacía su negocio con miles de visitantes que llegaban todos los años para la misma fecha, dejando atrás obligaciones y familia. Los paisanos alquilaban los patios para el parquecito de diversiones. Y cada rincón de la casa era loteado para quien lo pudiera pagar, desde los dormitorios a las galerías, pasando por enramadas, comedores, letrinas, el galponcito del sulky y la pirhua. Vendían hermosas colchas de telar, ofrecían empanadas, locro, chorizo y morcilla, quirquinchos al rescoldo y mil y una viandas a los forasteros.
Había quienes cavaban pozos en fila, los rodeaban con cuatro lonas bajitas nomás, y le ponían un cartel que decía "Baños públicos". Le entregaban un trozo pequeño de papel higiénico y lo alquilaban por 10 minutos. Y arréglese como pueda. Y no quiera saber el tufo que flotaba al día siguiente en el pueblito de 10 casas. Se decía que más de ciento cincuenta mil personas habían pasado la noche, en medio de guitarreadas, bailes, borracheras. Un vecino calculaba: "Si solamente caga el 10 por ciento, vendiéndoles un lugar para sus necesidades estamos hechos todo el año".
Cuando llegaba la hora en que el hombre emergía de su sueño para mandar su mensaje, la gente andaba perdida, nadando en un aquelarre de festejos, empeñada en apostar unos pesos a un parejero, perder el sueldo en la taba o buscar una chuchería para llevar de recuerdo al pago. Pocos se acercaban a escuchar lo que tenía que decir y tampoco importaba mucho.
Esa misma tardecita, después de las palabras, la multitud emprendía el regreso. Era un regocijo observarlos subiendo a los colectivos, arrancando sus motocicletas, amontonándose en los autos. Con el panteísmo simple de los pobres, que un día creen en la Virgen María y al siguiente en el Gauchito Gil, San la Muerte o la mismísima Telesita, grabada a fuego en cuerpo y alma. Y en los mansos ojos.
Juan Manuel Aragón
Martes 2 de junio del 2026, en Herrera. Viendo el carguero.
Ramírez de Velasco®


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