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| Al final la ciudad fue tomada |
El 8 de julio de 1099, soldados cristianos hambrientos y descalzos hacen una procesión religiosa alrededor de las murallas de Jerusalén
El 8 de julio de 1099, unos 15.000 soldados cristianos hambrientos y descalzos iniciaron una procesión religiosa alrededor de las murallas de Jerusalén mientras los defensores musulmanes observaban con burla desde las almenas. Aquella jornada marcó un punto caliente en el asedio que los cruzados de la Primera Cruzada mantenían desde el 7 de junio, cuando llegaron ante la ciudad santa tras años de marcha desde Europa. La comitiva, precedida por clérigos con reliquias y altares portátiles, recorrió el perímetro de unos cuatro kilómetros entre cánticos y trompetas, en medio de un ayuno estricto ordenado para purificarse antes del asalto final.Los cruzados, reducidos ya a unos 1.200 jinetes y 12.000 infantes tras las duras travesías por Anatolia y Siria, acampaban ante una Jerusalén fortificada y bien abastecida por el gobernador fatimí. Las murallas, de piedra sólida y con torres defensivas, parecían inexpugnables. La falta de agua y alimentos castigaba a los sitiadores, que veían cómo los pozos cercanos habían sido envenenados o destruidos por los defensores.Desde su llegada el 7 de junio, los líderes como Godofredo de Bouillón, Raimundo IV de Tolosa y Tancredo de Hauteville organizaron el cerco. Se distribuyeron posiciones: los normandos y loreneses al norte, los provenzales al sur, cerca del Monte Sión. El primer intento de asalto el 13 de junio fracasó por la ausencia de máquinas de guerra suficientes y la feroz resistencia de los arqueros y la guarnición, estimada en unos 3.000 a 4.500 hombres más 400 jinetes.
La situación cambió con la llegada de naves genovesas y pisanas a Jaffa. Los marineros desmantelaron sus barcos y transportaron la madera hasta Jerusalén. Con ella, los ingenieros construyeron dos grandes torres de asedio, un ariete y varias catapultas. Estos artefactos se ensamblaron en secreto y se movilizaron de noche para sorprender a los defensores.
La procesión del 8 de julio buscaba elevar la moral y pedir ayuda divina. Los clérigos portaban la Santa Lanza supuestamente encontrada en Antioquía y otros relicarios. Pedro el Ermitaño predicó en el Monte de los Olivos al finalizar el recorrido. Desde las murallas, los musulmanes respondían con insultos y disparos de flechas, pero la columna cristiana completó el circuito sin interrupciones mayores.
Los días siguientes se dedicaron a ultimar los preparativos. El 10 de julio las torres ya estaban listas. Una se dirigió contra la muralla norte, bajo el mando de Godofredo, y otra contra el sector sur, comandada por Raimundo. Los defensores cavaron fosos adicionales y prepararon calderos de aceite hirviendo y fuego griego para repeler el avance.
En la noche del 13 al 14 de julio comenzó el asalto general. Las torres se acercaron bajo una lluvia de proyectiles. Los cruzados empujaban las estructuras sobre ruedas mientras cubrían su avance con manteletes y disparos de ballestas y arcos. Los defensores lanzaban piedras y lanzas desde lo alto, causando numerosas bajas entre los atacantes.
Al amanecer del 15 de julio, la torre norte de Godofredo alcanzó la muralla junto a la esquina noreste. Letaldo y Engelberto de Tournai fueron los primeros en saltar al adarve, seguidos por Godofredo y sus hombres. Pronto abrieron una puerta y permitieron la entrada masiva de tropas. En el sur, la torre de Raimundo encontró mayor resistencia, pero finalmente los fatimíes se rindieron ante el avance general.
Una vez dentro, los cruzados recorrieron las calles de Jerusalén. La guarnición de la Torre de David se entregó a Raimundo. Miles de habitantes, musulmanes y judíos, buscaron refugio en la mezquita de Al-Aqsa y en sinagogas. Los combates casa por casa continuaron durante horas mientras las fuerzas cristianas consolidaban el control de la ciudad.
El asedio, que duró poco más de un mes, culminó con el dominio cruzado de Jerusalén tras casi cinco siglos de gobierno musulmán. Los líderes instalaron posiciones defensivas y comenzaron a organizar la administración de la plaza recién conquistada. Las crónicas de la época detallan el intenso calor, la escasez de recursos y la determinación de ambos bandos durante aquellas semanas decisivas del verano de 1099.
Ramírez de Velasco®


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