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AMOR El género de la tristeza

"El perro", de Raúl Cisterna

Historia de mi amistad con un perro sin nombre en una casa de la calle Tucumán y el juego del pucho en la oreja

Un solo perro tuve en mi vida. Nunca le puse nombre, no hacía falta si tenía unito nomás. Era de raza indefinida: algo de pastor alemán, Kaiser Carabelle, unas gotas de Ahorra Grande—Aurora Grundig y otras veinte sangres callejeras acezándole por las venas. Nunca sentí mucho afecto por estos bichos. Son perros, tienen su lugar y nada más. Su deber era acompañarme, el mío darle de comer, ponerle tres o cuatro vacunas que me indicó el veterinario, acariciarlo de vez en cuando. Me lo dieron de cachorrito y como nunca vio otro ser vivo más que a mí, sospecho que se creía otro yo.
Las siestas de invierno, cuando leía en el patio, como en ese tiempo fumaba, cada vez que terminaba un cigarrillo, trataba de acertarle el tincazo del pucho en la oreja. Nunca lo logré más por mi mala puntería que por él, pues nunca se esquivaba, confiando en mi supuesta amistad.
Fue después de aquella mujer que, en buena hora, decidió que era tiempo de salir a callejear mundos con otros hombres antes que quedarse con un fracasado. En vez de refugiarme en otros brazos, como me aconsejaban amigos y conocidos, me encerré en una casa de la calle Tucumán que me prestaban y viví unos años como ermitaño de medio tiempo, porque debía trabajar todos los días para pagar mi comida. Y la del perro.
Aproveché la soledad para perfeccionar los escasos conocimientos que tenía sobre el origen de las palabras con la ayuda del viejísimo Diccionario General Etimológico de Roque Barcia y leí muchas novelas policiales que hallé en una biblioteca, hasta que me intoxiqué para siempre con ese género.
Después de varios años viviendo en aquella casa, un buen día me la pidieron. Le conté al dueño que me iba a una pensión, le rogué que se quedara con el animal, pues no podía llevarlo. Me prometió que lo cuidaría, le daría de comer, esas cosas. No sentí nada por él cuando me marché. Había tenido una buena vida gracias a mi maldita tristeza.
Unos meses después pasé por el lugar. La puerta estaba entreabierta. Me fui antes de terminar mal con el único ser vivo en el mundo a quien conté lo que era el desamor. ¿Sabe qué? Cuando lo llamé, vino desde el fondo ladrando. Ahora era seguridad privada.
Juan Manuel Aragón
A 4 de julio del 2026, en La Cruz. Taloneando el mancarrón.
Ramírez de Velasco®

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