Esa casa, antes fue bar,
copetín al paso,
sangüichería de pringue
y whisquería dudosa.
La casa donde trabajaron,
sucesivamente,
un suboficial retirado
y sus hijos,
un hotelero
y sus hijas,
y alguien más.
Años atrás,
la casa albergaba
pimientos y cebollitas en vinagre,
anchoas – algo fuertes -,
medidas de peltre para la bebida blanca,
pickles y mayonesas sin huevo.
Anteriormente,
la casa fue unas líneas azules
en papel para planos
y un número de expediente
en Obras Sanitarias, otro en Agua y Energía,
otro en el Banco de la Provincia
y en Catastro, por sus respectivas Mesas
de Entradas.
Ahora descorre el telón de la mañana
y aparece una botica:
tiene duendes de colores
en los estantes
que plumerean
la alquimia nocturna,
los elementos y reactivos
enfrascados,
los sobresitos, los bálsamos
( el de cucumbé y el de Tolú ),
la goma de mascar y los perfumes,
los sonajeros, las gasas, los grandes
frascos
con agua coloreada,
los albarellos y morteros
en los que viborean firuletes
matutinos
con pájaros, humos y lapachos
helados. Los dependientes con sus chaquetillas
blancas
transminadas de ungüentos, suficiente
química
de esencias volátiles, moléculas, valencias
y específicos de prósperos laboratorios
de píldoras
escritas.
Llega la gente a la misa de la farmacia
y ofician los arcángeles
expertos en frasquitos
y taquigráficas recetas,
empíricos linimentos y aceites.
En la mesa mostrador
de madera picada
de cuando el vuelto era con monedas –
se hace el trueque
y se oficia.
Así transcurre el sacrificio
durante 8 horas del día
y en los turnos.
Ya vienen las farolas
con sus sombras,
ya regresa la soledad nocturna
a la residencia
de los jarabes,
a las puertas de altas vitrinas
de madera barnizada,
tabernáculos de salud.
Vienen las santas y los santos
dueños del día
a pasar el tiempo – sin remedio – de la farmacia,
el tiempo como lago
donde de noche hierven
fórmulas y conjuros
de cadenas abiertas y cadenas cerradas
para el bien.
Las magistrales.
Mero estar de la química domesticada
de probeta a frasquito
más toda la exegética literatura
del bienestar
en los sagrarios vademecums
con bóricos, precipitatus,
sublimados y tártaro
y demás raíces medioevales,
transmutadas
en legendarios potes y almireces
y balancitas
puro espíritu de drogas
con algún pétalo
caído del tiempo
para pesar
las alitas del minuto
o el aroma y perfil del agua de rosas.
La casa que antes fue bar,
copetín.
de ají locoto y condimentos,
ve ahora la película
de los arcángeles en chaquetilla,
de laboratoristas y preparadores
sirviendo a toscos galanes enfermos
como en una estampa de Brueghel el Viejo
o del Bosco en "la fuente de Juvencia"-,
o una de esas novelas por entregas
de la revista Fra Diable
que llegaba a Jujuy con las mensajerías
del siglo.
La casa del hotelero,
la que nació en una niebla
de números
y meticulosos cálculos de resistencia,
la que cobijó hornos y batidos,
licores y filtros
de café
y amor,
hoy es templo
de salud
con un mostrador picado
de cuando las urgencias
eran tecleadas con el canto de las monedas.
La farmacia amanece
con su cantoral
de salutíferas antífonas y salmos
aureolados
dentro de bienolientes envases
y vinajeras y vinagreras registradoras
de flores de genciana y flores de azufre
con malva y retama tutelar
para la buena suerte,
dando los buenos días
así como da los buenos y malos tiempos
el pico de la garza
libando en purpurina de la rubia,
bebiendo rítmicamente
en la misma gota del tiempo
que predice.
Ramírez de Velasco®
Comentarios
Publicar un comentario