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SUCESOS Alpargatas y revolución

Imagen de archivo

Qué pasaba cuando andaba por la vida dándome aires de rebelde con alguna causa medio fantasiosa dando vueltas en la cabeza


Para caerle bien me tiré de revolucionario, actitud que no me costaba porque en ese tiempo usaba barba negra y tupida, andaba de alpargatas, me bañaba medio salteado y no me cortaba el pelo, como se supone que hacen los que quieren cambiar la sociedad a la fuerza. Las alpargatas eran porque no tenía plata ni para un par de zapatillas ordinarias, si no me afeitaba, me ahorraba la yilé, a veces el baño para darse una ducha era un peligro en aquella pensión de mala muerte en que me alquilaban una piecita, el corte de pelo me parecía un lujo asiático e innecesario, no tenía plata ni para eso.
Le expliqué que la lucha por conseguir el dinero necesario para comer era una preocupación burguesa, que lo que ganara cada uno debía ponerse en un bolsillo común para satisfacer las necesidades de la comunidad y el resto, usarlo en la gran revolución que haríamos con un grupo de amigos iluminados como yo.
Salimos dos o tres ocasiones. Una vez la invité a la costanera a pasear mirando la luna y mientras los grillos cantaban, a la sombra de la estatua de Aguirre, le expliqué lo que por entonces llamaba el “canon” de mi ideología: una serie de engañifas entre las que incluí las patrañas más conocidas de varias ideas vagas que tenía. Quizás ella estuviera esperando un amor más carnal, digamos para no ser groseros, el caso es que ya que estaba alabé el amor que sentía por una causa que —obviamente— estaba perdida.
Un día le dije que necesitaba explicarle qué era eso del nacionalismo bien entendido. Unos apuntes de filosofía que me prestó un amigo me parecieron suficientes como para darle una clase magistral. Recuerdo que guardé algunas frases de ese apunte, como que “un pueblo culto nunca puede ser esclavizado”. Creo que era de Manuel Belgrano, bueno, no importa, porque agregué dos o tres más que me aprendí de memoria, como para impresionarla, ¿ha visto?
Pensé que mi postura de insurrecto antisocial lograría su amor. Pero sucedió algo impensado. Al día siguiente de aquella tarde en que anduve discurriendo con ella por el parque, me citó en su casa. Cuando llegué me sentó en la cocina y me trajo algo de comer. Andaba más hambreado que mosquito en museo de cera. Al principio tímidamente y más tarde bocadeando a más no poder, devoré lo que me puso por delante. Iba a explicarle algo de lo que decían los grandes pensadores del nacionalismo, pero al final ya no tenía ganas de hablar, quedé satisfecho, feliz, con el estómago lleno.


Entonces me llevó de nuevo hasta la entrada de su casa. Me dijo que esa comida la había comprado con dinero de su papá, que era empleado de la Municipalidad y no andaba hablando macanas por la calle, me preguntó por qué no conseguía un trabajo decente y me dejaba de andar haciendo tonterías.
Luego pegó un portazo. Y no la vi más.
Oiga amigo, ya que estamos, ¿no tiene un laburito? Cualquier cosa está bien, le corto el césped, le cuido los chicos, ¿necesita que le pinte una pared, le lavo el auto?, lo que sea está bien.
Juan Manuel Aragón
A 3 de septiembre del 2024, en Puesto de los Marcos. Cosechando alfalfa.
Ramírez de Velasco®

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