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2012 ALMANAQUE MUNDIAL Mack

Con una cascabel

El 27 de mayo del 2012 muere “Mack” Wolford, pastor pentecostal, luego de ser mordido por una serpiente de cascabel

El 27 de mayo del 2012 murió Mark Randall Wolford, “Mack”. Fue un carismático pastor pentecostal de Virginia Occidental, y su muerte ocurrió luego de ser mordido por una serpiente de cascabel durante un servicio al aire libre en Panther State Forest, a unos 130 kilómetros al oeste de Bluefield. Había nacido el 26 de mayo de 1968 en Pike County, Kentucky, Estados Unidos.
Tenía 44 años cuando fue mordido en el muslo cerca de las 2 de la tarde mientras manipulaba una serpiente venenosa como parte de un ritual de fe. Fiel a sus creencias, que lo llevaban a rechazar la atención médica en favor de la curación divina, recién fue al hospital a las 10 y media de la noche, cuando su estado ya era crítico. Fue trasladado al Bluefield Regional Medical Center, donde falleció esa misma noche tras más de 10 horas de agonía. La serpiente, un ejemplar amarillo de cascabel llamado Sheba, era una de las tantas que Wolford poseía y usaba en sus servicios religiosos.
Creció en la tradición de los “manipuladores de serpientes”, movimiento pentecostal evangélico, que interpreta literalmente Marcos 16:17-18, pasaje evangélico que llama a los creyentes a tomar serpientes y beber veneno como prueba de fe. Su padre, también pastor y manipulador de serpientes, murió en 1983 de una mordedura durante un servicio en Jolo, Virginia Occidental, cuando Mack tenía 15 años. Este acontecimiento marcó su vida, pero en lugar de alejarlo, lo impulsó a seguir el mismo camino.
Wolford recordaba que su padre, tras ser mordido, quiso morir en la iglesia y sobrevivió 10 horas y media antes de que sus riñones y corazón colapsaran, un destino que Mack replicaría casi idénticamente.
Se convirtió en pastor de la Apostolic House of the Lord Jesus en Matoaka, Virginia Occidental, donde vivía desde hacía cinco años tras mudarse desde Bramwell. Era conocido por su estilo apasionado: cantaba, hablaba en lenguas (supuestamente) y manipulaba serpientes venenosas como cascabeles, mocasines y cabezas de cobre, que guardaba en su casa. A diferencia de muchos en su comunidad, que evitaban a los medios, Wolford era abierto y carismático. Permitía a periodistas acompañarlo en cacerías de serpientes y documentar su fe, buscando revitalizar una tradición que, aunque legal en Virginia Occidental, está prohibida en estados vecinos como Tennessee y Carolina del Norte.
“Prometí al Señor hacer todo lo posible para mantener viva la fe”, dijo en 2011 a The Washington Post Magazine. Su objetivo era inspirar a otros a unirse al movimiento, viajando por Appalachia para motivar a pequeñas congregaciones.
Su vida no estuvo exenta de riesgos previos: había sido mordido tres veces antes, mostrando cicatrices de colmillos de cabezas de cobre en su mano derecha. También practicaba otros rituales extremos, como beber estricnina, un veneno que, según él, había consumido varias veces sin sucumbir. Veía estas prácticas como una obediencia a la palabra divina, no como una garantía de inmunidad, y aceptaba la muerte como parte de su fe. “No se trata de que mueras, sino de cómo mueres”, predicaba, citando 1 Corintios 15:55: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”.
El servicio del 27 de mayo, descrito por Wolford en Facebook como un “regreso a los viejos tiempos”, comenzó festivo, con cánticos y lenguas. Pero el ambiente cambió cuando Sheba lo mordió tras ser colocada en el suelo. Wolford fue llevado a casa de un familiar en Bluefield para recuperarse, como había hecho antes, pero su condición empeoró rápidamente. A pesar de las súplicas en redes sociales pidiendo oraciones, no resistió. Su funeral se celebró el sábado siguiente en su iglesia, donde sus seguidores continuaron manipulando serpientes, fieles a su legado.
Dejó un impacto profundo en su comunidad. Su madre, Vicie Haywood, que también había perdido a su marido por una mordedura, afirmó: “Es la Palabra, y quiero seguir haciéndolo”. Su vida y muerte reflejan la complejidad y la profunda equivocación de una fe radical, en la que la devoción y el peligro se entrelazan trágicamente.
Juan Manuel Aragón
Ramírez de Velasco®

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