"El perro", de Raúl Cisterna Historia de mi amistad con un perro sin nombre en una casa de la calle Tucumán y el juego del pucho en la oreja Un solo perro tuve en mi vida. Nunca le puse nombre, no hacía falta si tenía unito nomás. Era de raza indefinida: algo de pastor alemán, Kaiser Carabelle, unas gotas de Ahorra Grande—Aurora Grundig y otras veinte sangres callejeras acezándole por las venas. Nunca sentí mucho afecto por estos bichos. Son perros, tienen su lugar y nada más. Su deber era acompañarme, el mío darle de comer, ponerle tres o cuatro vacunas que me indicó el veterinario, acariciarlo de vez en cuando. Me lo dieron de cachorrito y como nunca vio otro ser vivo más que a mí, sospecho que se creía otro yo. Las siestas de invierno, cuando leía en el patio, como en ese tiempo fumaba, cada vez que terminaba un cigarrillo, trataba de acertarle el tincazo del pucho en la oreja. Nunca lo logré más por mi mala puntería que por él, pues nunca se esquivaba, confiando en mi sup...
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