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SELVA El día que Tarzán aprendió a gritar

Tarzán de los monos

Una expedición inglesa, celos tribales y un rescate imprudente explican el nacimiento del aullido más famoso del cine

Según registros históricos hallados hace algunos años en Reino Unido, al principio de los tiempos Tarzán de los Monos no sabía gritar. Apenas lanzaba unos aullidos y gruñidos leves, tal como sus amigos. No hay que olvidarse de que las selvas y sabanas africanas, suelen aceptar el ruido solo como excepción: el león que ruge es una de ellas. La historia es conocida, pero siempre hay que contarla de nuevo porque las nuevas generaciones suelen ignorarla.
Cuando Tarzán era niño de brazos vivía en la selva con sus padres, un incendio acabó con la cabaña que habían construido para estudiar la naturaleza y murieron ambos. Él zafó porque su madre, providencialmente, lo entregó a una mona que había ido a curiosear. En vez de matarlo y comerlo, la mona lo crió como hijo, le dio de mamar su leche y le hizo creer que era igual a los demás monitos.
Después algunos nativos se enteraron de que había un muchacho blanco en la selva y crearon la leyenda del Hombre Mono. Como suele pasar en estos casos, ahí mismo comenzó la bola de que había un chico viviendo con los animales, como si fuera uno más. Se comportaba como ellos, comía lo mismo y andaba completamente desnudo. No se ponía una malla de baño ni una especie de taparrabos como en las películas, ¿para qué? No sabía qué era la desnudez porque nunca había visto a nadie con ropa.
Mientras iba creciendo, la bola se iba haciendo cada vez más grande en las aldeas vecinas. Unos decían que lo habían visto conversando con los monos, otros sostenían que andaba volando por el aire de liana en liana, alguien se sorprendió cuando se tiró flechita desde lo alto de una cascada. Todo un atleta, pongalé. Cuando la bola se hizo más grande, llegó a una ciudad costera y cruzó el Atlántico hasta ser tema de conversación en salones londinenses. Y durante un té de las cinco en punto, unos cuantos lores cruzaron una apuesta: el primero que lo hallara recibiría un millón de libras esterlinas como premio.
Imaginesé, al toque cada uno por su lado alquilaron barcos, contrataron experimentados expedicionarios y se largaron a buscarlo. Uno de los que iban, un viudo de apellido Smith, fue con la hija, Jane, una rubia preciosa, sólo porque no tenía con quien dejarla en la casa. Los agarró una tormenta en medio del mar y naufragaron todos, menos el buque que iba con el padre y la chica. Llegaron a una ciudad costera del África, contrataron gente para que les llevaran el equipaje, las tiendas de campaña, las ollas, las sartenes, los lienzos y se largaron a la selva.
Aldea que llegaban, aldea que preguntaban: “¿No saben si vive cerca un tal Tarzán?”. Les respondían que no, hasta que empezaron a tener noticias de que andaban cerca. En la última, cuando preguntaron, les dijeron que sí que estaba en la selva. En cuál. En esa, ahicito nomás queda, les dijeron. Habían llegado. Bueno, se metieron. Esa noche armaron las carpas, hicieron una gran fogata en el medio y los nativos bailaron unas hermosas danzas. Entre ellos había uno, el hijo del cacique, que le había echado el ojo a la rubia. Pero ella ni bola, ha visto cómo son las hijas de exploradores, más si se hacen las lindas.
Al rato, cuando se fueron dormir llegó Tarzán a curiosear, andaba mirando todo, asombrado de lo que veía, todo nuevo para él. Cuando llegó donde dormía la chica se sorprendió, nunca había visto nada igual. Le tocó la cara, ella se despertó y no gritó, a pesar de que era un desconocido, estaba desnudo y la miraba así de cerca. Estaba embobada, porque era un chango muy lindo. Y parece que se iban a besar y todo, pero en eso lo vio el hijo del cacique. Se acercó despacito y cuando vio que ella había pegado onda con el otro, lanzó un chillido que despertó a todos. Salieron de las carpas y empezaron a meter bala. Tarzán se hizo humo más rápido que sueldo de jubilado. Bueno.
El caso es que desde ese día Tarzán los observaba de lejos nomás un decir, ellos pasaban por un lugar y él los miraba desde la punta de un árbol, junto con sus monos, todos calladitos para que no los vieran. Un día la rubia se fue a bañar al río, del todamente desnuda como correspondía. Desde la orilla el hijo del cacique, que la había seguido —picarito— le gritaba que salga urgente de ahí, porque el agua estaba infestada de cocodrilos, pero como no sabía el idioma, ella se alejaba de la orilla para escapar de él. Todo un enredo, oiga.
En eso la encararon dos cocodrilos, uno por la izquierda y otro por la derecha. Despacito como piropo de tartamudo. Primero estaban a veinte metros, después quince, diez, cinco metros. Tarzán observaba todo desde un árbol, entonces se lanzó en su liana preferida, antes le hizo señas para que se agarrara de donde pudiera. Y justo cuando los cocodrilos abrieron la boca para comerla, ella se tomó de los compañones con fuerza. El pegó un grito tremendo. Imaginesé. Pero como todo un caballero la dejó en la orilla.
Al tiempo, cuando se le pasó el dolor uno de los monos, en su idioma, le preguntó: “Che, ¿te ha dolido?”. Y para disimular, él contestó: “No, siempre que puedo aúllo así”. Y desde entonces, para disimular nomás, Tarzán nunca dejó de gritar igualito que las películas.
Hasta la fecha.
Juan Manuel Aragón
A 26 de febrero del 2026, en Pinto. Mirando la 34.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc26 de febrero de 2026 a las 10:28

    Me recuerda una canción que cantaba Sandro: "Arráncame la vida de un tirón..."

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