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RADIONOVELA Entre dos corazones

"Teatro en el pago", acuarela de Raúl Cisterna

Se narra lo que sucedió cuando se hizo una representación en el pago y cómo reaccionó la gente a la maldad de don Augusto

El argumento es simple. Laura es una humilde maestra, hija ilegítima de don Augusto, un rico estanciero. Y no va y se enamora de Ricardo, su heredero. Don Augusto es su propio padre: es alguien cruel que mató a su madre cuando era jovencita, robó tierras, abusó de peones y mandó matar a quien se interpusiera. Y trama eliminar a Laura para no perder su fortuna, porque supone que ella sabe quién asesinó a su madre. Sus crímenes salen a la luz en un juicio dramático y Augusto es condenado a la horca. En el último capítulo de la radionovela sube al patíbulo maldiciendo a todos mientras Laura y Ricardo encuentran la redención.
Nunca una audición había prendido tan fuerte en el pago como la de "Entre dos corazones", con los afamados Andrés de Santacruz como don Augusto, Pedrito Ibáñez como Ricardo, Rosita Randa Díaz en el papel de Laura y Alberto María Piccinelli, en el papel del malvado capataz de la estancia de Los Cardales Pampeanos.
Le cuento, en Tres Quimiles, departamento Jiménez, la vida se paralizaba del todamente a las 3 de la tarde, cuando empezaba la novela. La seguían grandes y chicos, mujeres y varones. Una vuelta se escapó la ternerada del corral y a pesar de que todos lo supieron al instante, nadie se movió de sus radios, prendidos a los vaivenes de aquella historia trágica que ocurría en los aparatos.
Loyolo Díaz, dueño del almacén, se puso en contacto con la radio para que fueran a actuar al pago. A pesar de que todos lo sabían de antemano, cuando por la radio empezaron a anunciar que ese sábado estaría la compañía de Andrés de Santacruz, del entremedio aquel de casas desperdigadas en medio de un gran limpio del bosque, salió un grito de alegría.
De varios pueblos a la redonda acudirían esa tarde a la cita, así que se prepararon para recibirlos. Hubo que limpiar y acondicionar la cancha de fútbol y conseguir un grupo electrógeno, porque en el lugar no había luz. Las mujeres amasaron pan para vender a los visitantes, hicieron empanadas, hornearon cabritos y lechones y plancharon sus mejores pilchas. Esa tarde, cuando llegó la compañía, la gente estaba instalada en la cancha con mesas y sillas que había traído cada uno.
La comisión Pro-templo de damas entregó un obsequio de tabletas de dulce de leche a los actores. Antes de empezar, hubo forcejeos con varios que se quisieron filtrar para mirarlos de cerca y alguna que otra vecina que quedó en el medio se desmayó. Minutos después de que se encendió el motor de la luz, comenzó la función.
Era la novela de la radio, hecha carne arriba del escenario. Al principio nomás, apareció Andrés de Santacruz. Era don Augusto. Hubo un chiflido enorme, si viera amigo. Luego Rosita Randa Díaz no desilusionó a la paisanada, cuando asomó, vestida como paisana de los campos porteños, la concurrencia lanzó un "¡¡¡ooohhh…!!!" de admiración. Era una mujer bellísima que luego fue aclamada en Buenos Aires, trabajó en teatros del Uruguay y se retiró joven de las tablas, según dijeron años después las revistas.
Y los demás, bueno, cada uno se lució.
Pero ha visto, cómo eran los artistas de antes, se adueñaban de su papel, de tal forma, que uno creía lo que estaba viendo. La obra, esa vez no duraría más de cuarenta minutos, suficientes para plantear el asunto, mostrar el nudo del drama y llevar todo al desastre.
Pero hubo una especie de desacuerdo. En la historia que se representó en el pago, a don Augusto lo condenaban a cadena perpetua. Cuando le dictaron sentencia, uno de los asistentes silbó al juez y ya empezaron a insultarlo. "¿Qué no ve que ese tipo no tiene perdón de Dios?", vociferó doña Filomena. Y el resto la siguió. Varios se levantaron indignados de sus asientos.
En eso estaban, y justo cuando parecía que iban a calmarse, uno de los asistentes, posiblemente borracho, nunca se supo si fue alguien de Tres Quimiles o de otro pueblo vecino, aulló: "¡Tienen que ahorcarlo!". Y casi todos se sumaron. Los actores quisieron seguir con su parlamento. Del otro lado la gente murmuraba y discutía en voz alta al mismo tiempo. El actor que hacía de Juez se bajó disimuladamente y se mandó a mudar despacito.
Estaba por seguir la obra.
Pero alguien tiró un lazo sobre el escenario, el acoplado del camioncito de Loyolo, que resonó como una orden. Y la mayoría se largó a gritar, en un alarido que retumbó en el monte cercano: "¡Que lo ahorquen!".
Rosita fue la primera en darse cuenta de que la situación se había desmadrado. Salió corriendo rumbo a los autos en que habían llegado. El resto hizo lo mismo. El único que quedó atrapado en medio del tumulto fue Andrés de Santacruz, el maléfico don Augusto, que hasta había intentado envenenar a la pareja preferida del público.
Alguien lanzó el lazo por encima de un algarrobo y, entre varios que lo habían inmovilizado, lo llevaron hasta el improvisado patíbulo. El cura de Mistol Cáido, que había ido especialmente esa tarde, al grito de: "¡Es un actor!", quiso interponerse. Varias mujeres que se habían enamorado viéndolo en persona, lloraban desesperadas: "¡Pero no sean animales!". Y se persignaban. Loyolo volvió a su casa para agarrar la escopeta y ver si dispersaba a los revoltosos.
No hubo caso.
Después la ruta 34 empezó a pasar a dos kilómetros de dónde había sido Tres Quimiles y aún hoy, muchos se desvían un rato para visitar un lugar que desde entonces se dice que está maldito. Hay quienes sostienen que esto sucedió en abril, antes de que los vecinos cerraran sus casas para ir a la zafra, en Tucumán. El caso es que después de aquello nadie volvió.
Hoy sólo el viento habita el lugar.
Juan Manuel Aragón
Domingo 24 de mayo del 2026, en Pozo Hondo. Esperando el ómnibus.
Ramírez de Velasco®

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