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| "Mediodía", de Raúl Cisterna |
Un buen día, una comida humilde me despertó preguntas sobre sequías, horizontes y antiguas travesías imaginadas, ¡qué será!
Llegamos a una fonda justo en la línea del mapa, el lugar se llamaba Villa María, atamos los matungos bajo una tala y les aflojamos las cinchas. El dueño nos señaló un cerco sembrado con soja a unos metros de donde estábamos, del otro lado era Tucumán, de aquí Santiago. Pedimos algo para comer, nos ofreció marineras con puré o ensalada. ¡Malhaya el destino de los santiagueños, lejos de todo mar conocido! Una gran mayoría jamás lo había visto en su vida, salvo en fotos, quizás en la reproducción de una pintura famosa. Con puré o ensalada de lechuga y tomate, la marinera sabía ser una de las comidas más típicas de los comederos de la campaña. Capaz que no conseguían pan rallado para milanesas.Qué cosa con su nombre, ¿no?: "marinera". Quizás fuera un grumete llegado de España el primero que las fritó en esas tierras. Era un deseo de agua, de cristianos sedientos en lugares asolados por la continua sequía. Ahora todo ha cambiado, pero por el tiempo en que andábamos por aquellos andurriales, el viento norte de agosto pasando por entre el pasto, naciendo del bosque, bien podría haber sido confundido con un mar embravecido. Habíamos pasado por un lugar, "Los Arbolitos" en el que, a lo lejos pasaban bandadas de suris esquivando islotes de pasto seco. ¡Qué sabrá ser! Olvidé del todamente el rostro del cantinero, pero todavía hoy tengo patentes esos pensamientos.A veces me quedaba callado, en esos mediodías perdidos en viajes de a caballo por lugares siempre nuevos. Mientras las catitas atronaban el cielo azul con sus chillidos agudos, seguí dándole vueltas al asunto.
Los santiagueños tienen un mirar infinito desde el apero. A lo lejos tratan de distinguir si aquello que se recorta en el fondo de la picada es un hombre o un animal, si viene o se va, como un marino reconoce una nave por la forma de sus velas.
Por esos pensamientos andaba dando vueltas, cuando de repente el cantinero se acercó a preguntar si quería postre: "¿Queso y dulce de batata o zapallo en almíbar?", preguntó. Pedimos uno y uno. Entonces ya no quise pensar más y me dispuse a conversar con mi compañero de viaje.
Juan Manuel Aragón
A 5 de julio del 2026, en El Arenal. Esperando el ómnibus.
Ramírez de Velasco®


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